«Un corazón demasiado grande». La verdad no nos hará libres.

Aviso. «Un corazón demasiado grande» (Eider Rodríguez, literatura Random House) no es una colección de relatos, sino una bomba de relojería con el temporizador puesto que te explotará cuando menos lo esperes. Pero que te va a explotar, eso dalo por seguro. Eider Rodríguez, en veinte historias, nos retrata. Sí, a todos nosotros, a la clase media que trabaja todos los días, la de sueños de horizontes cercanos y de una idea de felicidad domesticada. Rodríguez demuestra tener una capacidad de observación y un oído excepcionales, que luego traslada a sus descripciones de personas, lugares, situaciones. Y a los diálogos. Fluidos, verdaderos. Aquí hay verdad. Incómoda. Quizá esa que no se dice, y que quizá si no se dice sea por algo. Estamos ante retratos que no son amables porque tampoco nosotros lo somos. Como tampoco somos heroicos o bellos. Somos «personas normales». Y aquí es donde otra vez nos deja mudos. Su idea de normalidad, que repetimos es posiblemente con la que nos movemos la mayoría, es, en sus manos y con ese bisturí que tiene por lápiz, descubierta por vez primera. ¿Quieres verte desde fuera? Léete esto. Aquí está el miedo a que nada cambie. Y el miedo al cambio. Y la necesidad de encajar, y el asco de encajar en los moldes «adecuados». Somos seres sociales, inevitablemente tenemos que intentar convivir con el otro, pero queremos seguir siendo libres, o autosuficientes, o que al menos la renuncia sea mínimamente satisfactoria. Todo es parodia. Los personajes de Rodríguez son seres rotos. Aquí hay miomas y muelas rotas, y olores corporales.

Y sin embargo. Otra vez el giro, la vuelta. Qué humanidad más grande, qué ternura, qué capacidad de andar con los zapatos del otro. Leed, por ejemplo «¿No notas nada raro?». Fijaos en qué título tan de andar por casa en pantuflas. Pues esperad a terminarlo. Esa madre, esa hija, esas compras de navidad, esa cena en familia, esas manos que no se reconocen.
Hay abrazos tiernos, y son necesarios. Pero también lo son los abrazos fuertes, duros. Este libro es uno de ellos.

«Lena y Karl»: Del amor y de viajes en el tiempo

¿Te gusta la música? Esta es tu novela ¿Especialmente la de los «80 y «90? No te la pierdas. ¿Te interesan los viajes en el tiempo? Vas a alucinar ¿Eres un romántico de los que sabe en lo más profundo de su corazón que hay personas destinadas a encontrarse, no importa qué depare el destino? Aquí te vas a quedar. ¿Alta fidelidad y Olvídate de mí son referencias en tu vida? No te decimos más. Lena y Karl, la primera novela de Mo Daviau (Blackie Books) es un soplo de aire fresco. Original, divertida, tierna. Protagonizada por una antigua semi estrella de rock y una astrofísica que llevan encima mucho equipaje en forma de traumas, dolor, fracasos e inseguridades. Nuestro protagonista, ahora dueño de un bar, va a encontrase un día en el baño de casa un agujero por el que viajar en el tiempo. Y claro. Quién no querría ver ese concierto que se perdió en su día o bien que no pudo ver porque aún no estaba en el mundo. Y cómo no pensar en ganar dinero con ello… Pero seamos sinceros. Teniendo la oportunidad, que levante la mano quien no viajara al pasado para volver a ver a su madre. O a ese antiguo amor que todavía te atormenta. O a ese momento terrible que te marcó, que fue una casualidad del destino, que te ha reventado la vida y que podrías haber evitado. ¿Quién eres tú si tu pasado cambia? ¿Serías feliz ahora? ¿Seguro? ¿Y si tu yo del futuro se dirige a ti y nada de lo que te dice parece tener sentido? Nuestra protagonista, Lena, aparecerá en escena con sus estudios de astrofísica, sus camisetas de grupos de rock, su tatuaje tan especial y todos sus traumas justo cuando Karl envíe a su mejor amigo al año 980, cuando en realidad quería enviarlo al 1980…y no pueda hacerle regresar. Esta novela se plantea todos esos «y si…»que se nos aparecen a todos algunas noches y no nos dejan dormir. Y lo hace de una forma tan humana, tan graciosa, tan sentida, sin darle importancia a las paradojas espacio temporales que tan nervisositos nos ponen a veces, sin pizca de cinismo ni misantropía (dos cositas que abundan mucho últimamente y que no creemos que aporten) que se nos antoja una historia deliciosa donde quedarse a pasar un ratito inolvidable.  El único «pero» que le ponemos es que desperdicia un poco el potencial que tienen dos de sus personajes secundarios, oro puro, con diálogos y situaciones descacharrantes y de los que nos habría gustado saber más… Pero quién sabe qué puede pasar. De lo que estamos seguros es de que Mo Daviau ha venido para quedarse. 

Los asquerosos

Pocos libros tienen una recepción tan entusiasta como Los Asquerosos, la última obra de Santiago Lorenzo. El calificativo de «novela del año» que saluda desde el cintillo de la portada actúa como incentivo tanto para los lectores casuales (si voy a leer un único libro, que sea el mejor) como para aquellos que, habituales de la lectura, quieren comprobar a qué se debe el revuelo crítico y popular armado alrededor del texto. Así que, al menos, el primer objetivo está asegurado: Los Asquerosos está siendo desde su aparición un éxito de ventas rotundo.
Se ha dicho de esta novela que es una actualización de Robinson Crusoe, que contiene una crítica política acerada, que es el mejor retrato de la estupidez de los tiempos modernos o que reivindica como pocas veces se ha hecho la dignidad de la España vaciada. Y todo eso es un poco verdad. La historia de Manuel (el protagonista a quien pone voz su tío), ese joven que se ve obligado a huir a un pueblo deshabitado tras apuñalar a un policía, está preñada de un sarcasmo tan salvaje como repetitivo. Lorenzo demuestra que es un creador de lenguaje y un retratista de trazo grueso: acierta en el análisis y en su descripción, pero tal vez se excede con los brochazos. Por eso, aunque la novela tenga notables golpes de humor, sea original en su planteo inicial y giros argumentales, y no esté exenta de momentos brillantes. termina agotando.
El viaje que propone Lorenzo hacia la misantropía absoluta puede hacerse denso; su inventiva en la adjetivación (y sustantivación) es en ocasiones desternillante por la precisión de los términos acuñados pero se antoja insuficiente para hacer de Los Asquerosos esa obra cumbre de la que se habla. Es, por supuesto, una buena novela. Ingeniosa, divertida, extenuante, rotunda. Pero no grande ni el clásico que algunos quieren ver en ella…

Por Jose Alvarez

Giznburg y Chéjov para la vida

Quizá, el mejor escritor de cuentos de la historia sea Chéjov. El arte no es matemática y es algo entre muy difícil y absurdo el establecer el pódium. Pero si de influencia hablamos, la suya fue y sigue siendo enorme. Ejemplo. Raymond Carver no sería quien es si no le hubiera leído, y no solo porque le dedicara sus famosas Tres rosas amarillas. Chéjov es el paraíso donde quedarse si se está interesado en leer sobre el alma humana, sus grandezas y miserias. Natalia Ginzburg lo sabe y como su pulsión creadora orbitaba por ahí, le estudió del derecho y del revés y condensó todo ese saber en un librito de apenas 80 páginas que no solo es fundamental para cualquier persona interesada en la figura de Chejov. Es, además, una guía de estilo perfecta para cualquiera que quiera aprender a escribir. ¿A escribir cuentos? ¿A escribir biografías? ¿A escribir reseñas? No. Mucho mejor. A escribir a secas. Qué nos enseña Ginzburg: a leerlo todo, a no hablar sin saber y contar lo que sabes como tú lo sabes. Es decir, a buscar tu estilo. Página 16: «Chéjov ya tenía una forma extraordinaria de introducirse en una historia, una forma brusca y ligera, fulminante e imperiosa, como si de pronto alguien abriera de par en par una puerta o una ventana para ofrecer al lector los rasgos de una figura humana o de un grupo de figuras humanas, permitirle oír el sonido de sus voces, intuir sus estados de ánimo, el servilismo o la afectación, la paciencia o la prepotencia, y a continuación, cerrara esa puerta o esa ventana ante el lector absorto, divertido y estupefacto» . Cualquiera que haya leído a Chéjov sabe que esto es exactamente así y podría pasarse toda la vida intentándolo que no podría definirlo mejor. Ginzburg nos va trazando la biografía de Chéjov, intercalándola con la obra en curso y el lector entiende de dónde viene todo. Era un observador agudísimo que aprovechaba todo, escribía cuando su mente estaba fría como un témpano para así conseguir no meterse a sí mismo en la historia y, sobre todas las cosas, mandamiento número uno, no juzgar nunca, nunca, nunca jamás a ninguno de sus personajes. «El escritor tiene que tener los ojos secos aunque el lector llore» y «el juez es el lector». Maravilla. Imposible también haber leído Tres rosas amarillas y llegar a las páginas finales de este Chéjov sin sentir que te atraviesa un rayo de punta a punta que te lleva de la pena a la gratitud pasando por un sentimiento muy extraño, algo como un «rayo verde»: el delirio (real) de haber compartido espacio tiempo con tres de las plumas más brillantes que vas a leer en tu vida. Y por qué leemos si no es por momentos de locura como ese.

Chéjov habría estado muy orgulloso de esta alumna suya.

Por Rita Sánchez (del lado de las resoplantes)

Marchando una de pulgas.

«Pulgas» es la última publicación de Ricardo Sanz, toda una institución en lo referente a talleres de escritura creativa, y es que son décadas enseñando a escribir o, como él diría, aprendiendo a desaprender, a numerosos aficionados a la literatura de la Axarquía. Pulgas es la demostración de que el microrrelato es un género digno, es un género en sí mismo, de que se puede hacer literatura de gran calidad de forma muy condensada; volvemos a citar al maestro, porque menos es más. Pulgas está escrito, en nuestra modesta opinión, para ser releído, o más aún, para consultar de vez en cuando, para tenerlo siempre a mano. No me negarán que, un libro que te hace reflexionar, viene bien en los tiempos que corren. Pulgas está disponible por el momento en Amazon y en Librería Europa de Nerja. Nos quedamos con una duda, ¿para cuándo el siguiente libro de Ricardo Sanz?

Benjamin Nuñez.

Joyce Carol Oates y los mártires de la nueva guerra americana

Joyce Carol Oates escribe más de lo que cualquiera pueda leer. Y  lleva publicando desde 1964. Su obra en español está dispersa en numerosas editoriales. Lumen, Plaza y Janés, Debolsillo, Papel de Liar, Gatopardo, SM, Alba, Edaf, Laertes, Suma de Letras, La Biblioteca de Carfax… Pero es Alfaguara la que publica sus títulos más recientes. Su penúltimo título (al menos en español) es Un libro de mártires americanos. Aquí hago un inciso. No soy neutral. Adoro a esta mujer. Conozco sus libros del derecho y del revés y tengo mi propia teoría: si pasa de las 550 páginas, obra maestra. Oates, pienso, necesita tiempo y espacio para crear sus novelas río y hacer que sus personajes adquieran el peso y la forma adecuados para que pasen a formar parte de tu familia y te duela lo que les pasa más que a ellos mismos. Un libro de mártires… supera las 800 páginas. Y te las bebes. 

En esta historia vamos a seguir las vidas de dos familias norteamericanas. Por un lado, la de Luther Dunphy, pura white trash «de los estados que se sobrevuelan» que dice actuar en nombre de Dios cuando dispara al médico abortista Augustus Voorhess, patriarca de la otra familia a la que seguiremos. Los dos son idealistas, cada uno de lo suyo, y dispuestos a todo por defender lo que creen. Son hombres de acción preparados para pagar el precio por sus actos. Con su punto narcisista y mesiánico. Y a los narcisos y a los mesías no les importa que los que están a su alrededor sufran por la vida a la que se ven arrastrados.  No es un tema fácil el del aborto, y en EEUU, creemos que menos todavía. Luther cree en su corazón que mata a uno para salvar a miles. Voorhess ayuda a abortar a mujeres que viven en unas condiciones tan brutales que un embarazo (no deseado, fruto de abusos, de violaciones, de incestos en algunos casos) solo puede traerles más miseria y dolor. 

Ya tenemos al primer mártir. Nos toca el segundo. Luther acabará en la cárcel. Le acompañaremos todo el proceso de detención, juicio, cárcel, corredor de la muerte. Estos capítulos, para la que suscribe, son de lo mejor que ha escrito la autora, ahí está toda ella y es su alegato contra la pena capital. Perfectamente articulado y medido, desapasionado porque aquí no tiene que intervenir la emoción sino la capacidad de argumentar y que refleja brutalmente la irracionalidad de un sistema enfermo. Esto es quirúrgico. Recomendamos ir bien armado para enfrentarse a estas páginas. 

A partir del asesinato, los destinos de las hijas de ambos transcurren en paralelo: Dawn Dunphy se convierte en boxeadora, mientras que Naomi Voorhees, documentalista en ciernes, se obsesiona con el pasado. Es aquí donde aparece la magia Oates y su don para crear personajes femeninos. Cuando terminas esta novela, Dawn es tu hermana. Oates siente fijación por las mujeres que lo tienen todo en contra desde su nacimiento. Mujeres feas, flacas, pobres, señaladas, objeto de todo tipo de violencias. Mujeres que parecen haber venido al mundo para que los demás vuelquen en ellas todo su odio y sus frustraciones. Mujeres que, no obstante, van a querer seguir viviendo. No se sabe muy bien por qué. Posiblemente porque están vivas. Solo por eso. Mujeres en estado de alerta que tendrán que aprender a vivir mirando hacia atrás y pensando que la felicidad es algo que les pasa a otros y cuya máxima aspiración bien puede ser vivir sin miedo.

Un libro de mártires americanos es, sin duda, uno de los grandes títulos firmados por una autora que ya lleva unos cuantos que revolucionan el canon.

La mucama de Omicunlé. Yemayá, Goya y una anémona.

Apabullante: que intimida por su fuerza o superioridad. Si alguien encuentra mejor adjetivo para definir La mucama de Omicunlé (Rita Indiana, Periférica) por favor que nos lo diga.

No sabemos si es que el aire del Caribe tiene algo mágico y ancestral o qué pasa. Pero qué literatura están creando en sus orillas. No tiene sentido resumir esta novela de apenas 200 gloriosas páginas. Pero venga, trazamos un mapa con el que orientarnos: Alcide Figueroa, mucama de la santera Esther Escudero va a vivir una historia de pasados, presentes y futuros. Y la forma, el lenguaje y la estructura con la que Indiana cuenta esto no tiene rival. Porque si al principio encontramos dos líneas narrativas principales, estas pronto se desdoblarán en cuatro. Por un lado, estaremos en el año 2027, en un mundo distópico dominado por la tecnología; por otro, en el año 2001, donde conoceremos a Argenis, artista frustrado que vende sus servicios técnicos por teléfono bajo el nombre de Psychic Goya (!!!!). Y sí, resulta que los grabados de Goya tienen su importancia en esta historia… Al igual que la música, el sexo, los cambios de sexo y todos los dioses del panteón afroantillano (porque claro, por aquí desfilan Yemayá y Yocahú… y una anémona).

Lo mejor es llegar a esta historia y dejarse arrastrar por el torrente que no se desboca en ningún momento, y mira que tiene momentos para que en otras manos se desboque. Esto es ciencia ficción, es fantasía, realismo mágico y ciberpunk. Es el retrato de un país y de la época que le ha tocado vivir… Aunque en el fondo de nuestro corazón sentimos que Indiana de lo que en realidad quiere hablarnos es de dos conceptos fundamentales: la eternidad y el amor… y cuando ya casi crees que eso es todo, en un giro alucinante, nos dice que no, que en realidad todo esto va de la relación entre el hombre y la tecnología y de que éste no sucumbirá a ella porque hay una fuerza más antigua, más poderosa y que nos sobrevivirá a todos: el Vudú Dominicano.

En resumen: Queremos mudarnos a la playa de Bo.

Por @RitaSanchez78  (librera del lado de las resoplantes)

El espacio se hace tiempo: El museo de la Inocencia, Orhan Pamuk

«Sabemos que cuando señalemos el momento más feliz hará mucho que este habrá quedado en el pasado, que no volverá nunca más y que, precisamente por eso, nos producirá dolor. Y lo único que puede hacernos soportable dicho dolor es poseer algún objeto perteneciente a ese instante dorado. Los objetos que nos quedan de los momentos felices guardan con mucha más fidelidad que las personas que nos hicieron vivir esa dicha de placer en su recuerdo, sus colores, sus impresiones táctiles y visuales.»

Creemos que lo mejor para sumergirse en el delirio que es este Museo de la Inocencia es llegar a él con los menos datos posibles. Invitamos al lector a dejarse sorprender y emocionar. Incluso a indignarse y enfurecerse. ¿Cuántas historias consiguen algo así?

Este libro se ama o se odia. Pone a prueba a lector y le va a hacer tener que tomar partido. El Museo de la Inocencia, que existe realmente en Estambul, cuenta la creación y razón de ser de este espacio. Cosas importantes que tener en cuenta:

  1. La mayoría de los objetos que contiene son sustraídos
  2. Se sustrajeron en nombre del amor
  3. Lo llaman amor cuando igual es locura

Kemal ama a Füsun. Kemal es un joven turco adinerado. Füsun es una pariente lejana suya, no adinerada y mucho más joven que él. Repetimos. Kemal adora a Füsum. De la que conocemos cada matiz de sus ojos, brazos, piernas, pies, boca, dientes, lengua, pechos, pezones, vientre, cabellos… Y de la que casi sólo sabremos que se presentó a un concurso de belleza, que dibuja pájaros en libertad, que querrá ser actriz y sacarse (sin sobornos) el carnet de conducir. No hay que ser muy observador para entender que ella lo que realmente quiere es ser libre. Y estamos a finales de los 70 y principios de los 80 en Estambul. Y Füsun estará sometida a su familia, a su marido y a su adorador.

El Museo de la Inocencia se desarrolla en tres partes y un epílogo. La historia la cuenta Kemal y el lector deberá decidir cuánto se cree de lo que él le cuenta. Y cuánto compadece (o no) a este hombre obsesionado por una mujer. Él será capaz de hacer varias cosas por amor. No todas, y quizá no las más importantes. La grandeza de este libro está en la asombrosa capacidad de Pamuk (que por algo es premio Nobel) de enredarnos en este monólogo alucinado. Porque la quietud es clave en esta novela. La interpretación de gestos y silencios, el construir tu vida en torno al asedio de la amada. Y a beber Raki como si no hubiera un mañana. Conoceremos a las familias de los dos protagonistas, asistiremos a los momentos más importantes de sus vidas y acabaremos conociéndoles como si formaran parte de la nuestra.

Y como «un museo es un donde el espacio se convierte en tiempo», para soportar el no poseer al objeto de su locura, Kemal empezará a robar cuanto objeto haya tocado Füsun o cualquier cosa que de la manera más tangencial le recuerde a ella. Con todo esto alcanza cierto consuelo y con ellos acabará abriendo el museo de su vida. La historia de estos objetos es también una historia de esa Turquía de finales del siglo pasado que empieza a ser libre, pero. Y todo lo que hay delante de un «pero» ya sabemos que es mentira.

Variaciones enigma, André Aciman: el vino de la vida

Variaciones Enigma es la nueva novela de André Aciman antes de la esperada segunda parte de Llámame por tu nombre (que se publicará este otoño bajo el nombre de Find me).
Nos reencontramos con el Aciman que conocimos en Llámame… El mismo escritor del erotismo y los recuerdos; de la inseguridad y la duda. Y, sobre todas las cosas, de la agonía del deseo. Si eres de los que piensan que en cierto modo ha acabado todo cuando los domingos empiezas a hacer la colada con tu pareja, esta es tu historia. Y es que Aciman reconoce no saber qué es el amor.
Pero del deseo… Ay, del deseo sí que sabe.
«Amamos una sola vez en la vida, me había dicho mi padre, a veces demasiado pronto, otras demasiado tarde; las demás siempre son un poco precipitadas». Vale. Amar, amaremos una sola vez en la vida. Pero desear… No sabemos cuántas nos tiene reservado el destino. Y no aprenderemos nada de una a otra. Cuando nos enamoramos, siempre es por primera vez.
Estas variaciones del deseo que siente Paolo/Paul a lo largo de la historia arrancan con el regreso del narrador a Italia, al pueblo de pescadores en el que pasaba los veranos de su infancia. Allí busca al ebanista local, del que se enamoró desesperadamente con 12 años. Tras este arranque acompañamos a Paul cuando cree descubrir a su mujer siéndole infiel. Pero en realidad es él el que se ha enamorado de un joven con el que comparte pista de tenis. En los libros de Aciman la acción es lo de menos. Lo que importa no es tanto lo que le pasa a los personajes como sus sentimientos en torno ello y, sobre todo, lo que sean capaces de reflexionar sobre los mismos. Cuántas veces el deseo es el acto más pasivo del mundo, consistente casi solo en mirar, imaginar y completar la historia con los escasos datos de que dispones en un ejercicio de interpretación de los silencios y los gestos del otro. Y aun así, pocas actividades más extenuantes, devastadoras y con capacidad de arrastrarnos a la locura.
Paul a lo largo de estas variaciones se enamorará de hombres y mujeres; de gente mucho mayor y mucho más joven que él, de seres a los que idealiza y de otros que le idealizarán a él y la belleza de esta narración estriba en que en ninguna de esas experiencias hay sordidez ni humillación ni violencia. Solo un eterno fluir que, como uno de los personajes cuenta, nos hace preguntarnos si realmente hemos conocido «el vino de la vida». Si la respuesta es negativa no has vivido. Esa es la tesis. Aunque uno de los personajes afirme que se puede amar sin haber estado enamorado, si no te has consumido al menos una vez en una pasión como las que nos cuenta Aciman, habrás pasado de puntillas por la vida.