Los asquerosos

Pocos libros tienen una recepción tan entusiasta como Los Asquerosos, la última obra de Santiago Lorenzo. El calificativo de «novela del año» que saluda desde el cintillo de la portada actúa como incentivo tanto para los lectores casuales (si voy a leer un único libro, que sea el mejor) como para aquellos que, habituales de la lectura, quieren comprobar a qué se debe el revuelo crítico y popular armado alrededor del texto. Así que, al menos, el primer objetivo está asegurado: Los Asquerosos está siendo desde su aparición un éxito de ventas rotundo.
Se ha dicho de esta novela que es una actualización de Robinson Crusoe, que contiene una crítica política acerada, que es el mejor retrato de la estupidez de los tiempos modernos o que reivindica como pocas veces se ha hecho la dignidad de la España vaciada. Y todo eso es un poco verdad. La historia de Manuel (el protagonista a quien pone voz su tío), ese joven que se ve obligado a huir a un pueblo deshabitado tras apuñalar a un policía, está preñada de un sarcasmo tan salvaje como repetitivo. Lorenzo demuestra que es un creador de lenguaje y un retratista de trazo grueso: acierta en el análisis y en su descripción, pero tal vez se excede con los brochazos. Por eso, aunque la novela tenga notables golpes de humor, sea original en su planteo inicial y giros argumentales, y no esté exenta de momentos brillantes. termina agotando.
El viaje que propone Lorenzo hacia la misantropía absoluta puede hacerse denso; su inventiva en la adjetivación (y sustantivación) es en ocasiones desternillante por la precisión de los términos acuñados pero se antoja insuficiente para hacer de Los Asquerosos esa obra cumbre de la que se habla. Es, por supuesto, una buena novela. Ingeniosa, divertida, extenuante, rotunda. Pero no grande ni el clásico que algunos quieren ver en ella…

Por Jose Alvarez

Giznburg y Chéjov para la vida

Quizá, el mejor escritor de cuentos de la historia sea Chéjov. El arte no es matemática y es algo entre muy difícil y absurdo el establecer el pódium. Pero si de influencia hablamos, la suya fue y sigue siendo enorme. Ejemplo. Raymond Carver no sería quien es si no le hubiera leído, y no solo porque le dedicara sus famosas Tres rosas amarillas. Chéjov es el paraíso donde quedarse si se está interesado en leer sobre el alma humana, sus grandezas y miserias. Natalia Ginzburg lo sabe y como su pulsión creadora orbitaba por ahí, le estudió del derecho y del revés y condensó todo ese saber en un librito de apenas 80 páginas que no solo es fundamental para cualquier persona interesada en la figura de Chejov. Es, además, una guía de estilo perfecta para cualquiera que quiera aprender a escribir. ¿A escribir cuentos? ¿A escribir biografías? ¿A escribir reseñas? No. Mucho mejor. A escribir a secas. Qué nos enseña Ginzburg: a leerlo todo, a no hablar sin saber y contar lo que sabes como tú lo sabes. Es decir, a buscar tu estilo. Página 16: «Chéjov ya tenía una forma extraordinaria de introducirse en una historia, una forma brusca y ligera, fulminante e imperiosa, como si de pronto alguien abriera de par en par una puerta o una ventana para ofrecer al lector los rasgos de una figura humana o de un grupo de figuras humanas, permitirle oír el sonido de sus voces, intuir sus estados de ánimo, el servilismo o la afectación, la paciencia o la prepotencia, y a continuación, cerrara esa puerta o esa ventana ante el lector absorto, divertido y estupefacto» . Cualquiera que haya leído a Chéjov sabe que esto es exactamente así y podría pasarse toda la vida intentándolo que no podría definirlo mejor. Ginzburg nos va trazando la biografía de Chéjov, intercalándola con la obra en curso y el lector entiende de dónde viene todo. Era un observador agudísimo que aprovechaba todo, escribía cuando su mente estaba fría como un témpano para así conseguir no meterse a sí mismo en la historia y, sobre todas las cosas, mandamiento número uno, no juzgar nunca, nunca, nunca jamás a ninguno de sus personajes. «El escritor tiene que tener los ojos secos aunque el lector llore» y «el juez es el lector». Maravilla. Imposible también haber leído Tres rosas amarillas y llegar a las páginas finales de este Chéjov sin sentir que te atraviesa un rayo de punta a punta que te lleva de la pena a la gratitud pasando por un sentimiento muy extraño, algo como un «rayo verde»: el delirio (real) de haber compartido espacio tiempo con tres de las plumas más brillantes que vas a leer en tu vida. Y por qué leemos si no es por momentos de locura como ese.

Chéjov habría estado muy orgulloso de esta alumna suya.

Por Rita Sánchez (del lado de las resoplantes)

Marchando una de pulgas.

«Pulgas» es la última publicación de Ricardo Sanz, toda una institución en lo referente a talleres de escritura creativa, y es que son décadas enseñando a escribir o, como él diría, aprendiendo a desaprender, a numerosos aficionados a la literatura de la Axarquía. Pulgas es la demostración de que el microrrelato es un género digno, es un género en sí mismo, de que se puede hacer literatura de gran calidad de forma muy condensada; volvemos a citar al maestro, porque menos es más. Pulgas está escrito, en nuestra modesta opinión, para ser releído, o más aún, para consultar de vez en cuando, para tenerlo siempre a mano. No me negarán que, un libro que te hace reflexionar, viene bien en los tiempos que corren. Pulgas está disponible por el momento en Amazon y en Librería Europa de Nerja. Nos quedamos con una duda, ¿para cuándo el siguiente libro de Ricardo Sanz?

Benjamin Nuñez.

Joyce Carol Oates y los mártires de la nueva guerra americana

Joyce Carol Oates escribe más de lo que cualquiera pueda leer. Y  lleva publicando desde 1964. Su obra en español está dispersa en numerosas editoriales. Lumen, Plaza y Janés, Debolsillo, Papel de Liar, Gatopardo, SM, Alba, Edaf, Laertes, Suma de Letras, La Biblioteca de Carfax… Pero es Alfaguara la que publica sus títulos más recientes. Su penúltimo título (al menos en español) es Un libro de mártires americanos. Aquí hago un inciso. No soy neutral. Adoro a esta mujer. Conozco sus libros del derecho y del revés y tengo mi propia teoría: si pasa de las 550 páginas, obra maestra. Oates, pienso, necesita tiempo y espacio para crear sus novelas río y hacer que sus personajes adquieran el peso y la forma adecuados para que pasen a formar parte de tu familia y te duela lo que les pasa más que a ellos mismos. Un libro de mártires… supera las 800 páginas. Y te las bebes. 

En esta historia vamos a seguir las vidas de dos familias norteamericanas. Por un lado, la de Luther Dunphy, pura white trash «de los estados que se sobrevuelan» que dice actuar en nombre de Dios cuando dispara al médico abortista Augustus Voorhess, patriarca de la otra familia a la que seguiremos. Los dos son idealistas, cada uno de lo suyo, y dispuestos a todo por defender lo que creen. Son hombres de acción preparados para pagar el precio por sus actos. Con su punto narcisista y mesiánico. Y a los narcisos y a los mesías no les importa que los que están a su alrededor sufran por la vida a la que se ven arrastrados.  No es un tema fácil el del aborto, y en EEUU, creemos que menos todavía. Luther cree en su corazón que mata a uno para salvar a miles. Voorhess ayuda a abortar a mujeres que viven en unas condiciones tan brutales que un embarazo (no deseado, fruto de abusos, de violaciones, de incestos en algunos casos) solo puede traerles más miseria y dolor. 

Ya tenemos al primer mártir. Nos toca el segundo. Luther acabará en la cárcel. Le acompañaremos todo el proceso de detención, juicio, cárcel, corredor de la muerte. Estos capítulos, para la que suscribe, son de lo mejor que ha escrito la autora, ahí está toda ella y es su alegato contra la pena capital. Perfectamente articulado y medido, desapasionado porque aquí no tiene que intervenir la emoción sino la capacidad de argumentar y que refleja brutalmente la irracionalidad de un sistema enfermo. Esto es quirúrgico. Recomendamos ir bien armado para enfrentarse a estas páginas. 

A partir del asesinato, los destinos de las hijas de ambos transcurren en paralelo: Dawn Dunphy se convierte en boxeadora, mientras que Naomi Voorhees, documentalista en ciernes, se obsesiona con el pasado. Es aquí donde aparece la magia Oates y su don para crear personajes femeninos. Cuando terminas esta novela, Dawn es tu hermana. Oates siente fijación por las mujeres que lo tienen todo en contra desde su nacimiento. Mujeres feas, flacas, pobres, señaladas, objeto de todo tipo de violencias. Mujeres que parecen haber venido al mundo para que los demás vuelquen en ellas todo su odio y sus frustraciones. Mujeres que, no obstante, van a querer seguir viviendo. No se sabe muy bien por qué. Posiblemente porque están vivas. Solo por eso. Mujeres en estado de alerta que tendrán que aprender a vivir mirando hacia atrás y pensando que la felicidad es algo que les pasa a otros y cuya máxima aspiración bien puede ser vivir sin miedo.

Un libro de mártires americanos es, sin duda, uno de los grandes títulos firmados por una autora que ya lleva unos cuantos que revolucionan el canon.

La mucama de Omicunlé. Yemayá, Goya y una anémona.

Apabullante: que intimida por su fuerza o superioridad. Si alguien encuentra mejor adjetivo para definir La mucama de Omicunlé (Rita Indiana, Periférica) por favor que nos lo diga.

No sabemos si es que el aire del Caribe tiene algo mágico y ancestral o qué pasa. Pero qué literatura están creando en sus orillas. No tiene sentido resumir esta novela de apenas 200 gloriosas páginas. Pero venga, trazamos un mapa con el que orientarnos: Alcide Figueroa, mucama de la santera Esther Escudero va a vivir una historia de pasados, presentes y futuros. Y la forma, el lenguaje y la estructura con la que Indiana cuenta esto no tiene rival. Porque si al principio encontramos dos líneas narrativas principales, estas pronto se desdoblarán en cuatro. Por un lado, estaremos en el año 2027, en un mundo distópico dominado por la tecnología; por otro, en el año 2001, donde conoceremos a Argenis, artista frustrado que vende sus servicios técnicos por teléfono bajo el nombre de Psychic Goya (!!!!). Y sí, resulta que los grabados de Goya tienen su importancia en esta historia… Al igual que la música, el sexo, los cambios de sexo y todos los dioses del panteón afroantillano (porque claro, por aquí desfilan Yemayá y Yocahú… y una anémona).

Lo mejor es llegar a esta historia y dejarse arrastrar por el torrente que no se desboca en ningún momento, y mira que tiene momentos para que en otras manos se desboque. Esto es ciencia ficción, es fantasía, realismo mágico y ciberpunk. Es el retrato de un país y de la época que le ha tocado vivir… Aunque en el fondo de nuestro corazón sentimos que Indiana de lo que en realidad quiere hablarnos es de dos conceptos fundamentales: la eternidad y el amor… y cuando ya casi crees que eso es todo, en un giro alucinante, nos dice que no, que en realidad todo esto va de la relación entre el hombre y la tecnología y de que éste no sucumbirá a ella porque hay una fuerza más antigua, más poderosa y que nos sobrevivirá a todos: el Vudú Dominicano.

En resumen: Queremos mudarnos a la playa de Bo.

Por @RitaSanchez78  (librera del lado de las resoplantes)

El espacio se hace tiempo: El museo de la Inocencia, Orhan Pamuk

«Sabemos que cuando señalemos el momento más feliz hará mucho que este habrá quedado en el pasado, que no volverá nunca más y que, precisamente por eso, nos producirá dolor. Y lo único que puede hacernos soportable dicho dolor es poseer algún objeto perteneciente a ese instante dorado. Los objetos que nos quedan de los momentos felices guardan con mucha más fidelidad que las personas que nos hicieron vivir esa dicha de placer en su recuerdo, sus colores, sus impresiones táctiles y visuales.»

Creemos que lo mejor para sumergirse en el delirio que es este Museo de la Inocencia es llegar a él con los menos datos posibles. Invitamos al lector a dejarse sorprender y emocionar. Incluso a indignarse y enfurecerse. ¿Cuántas historias consiguen algo así?

Este libro se ama o se odia. Pone a prueba a lector y le va a hacer tener que tomar partido. El Museo de la Inocencia, que existe realmente en Estambul, cuenta la creación y razón de ser de este espacio. Cosas importantes que tener en cuenta:

  1. La mayoría de los objetos que contiene son sustraídos
  2. Se sustrajeron en nombre del amor
  3. Lo llaman amor cuando igual es locura

Kemal ama a Füsun. Kemal es un joven turco adinerado. Füsun es una pariente lejana suya, no adinerada y mucho más joven que él. Repetimos. Kemal adora a Füsum. De la que conocemos cada matiz de sus ojos, brazos, piernas, pies, boca, dientes, lengua, pechos, pezones, vientre, cabellos… Y de la que casi sólo sabremos que se presentó a un concurso de belleza, que dibuja pájaros en libertad, que querrá ser actriz y sacarse (sin sobornos) el carnet de conducir. No hay que ser muy observador para entender que ella lo que realmente quiere es ser libre. Y estamos a finales de los 70 y principios de los 80 en Estambul. Y Füsun estará sometida a su familia, a su marido y a su adorador.

El Museo de la Inocencia se desarrolla en tres partes y un epílogo. La historia la cuenta Kemal y el lector deberá decidir cuánto se cree de lo que él le cuenta. Y cuánto compadece (o no) a este hombre obsesionado por una mujer. Él será capaz de hacer varias cosas por amor. No todas, y quizá no las más importantes. La grandeza de este libro está en la asombrosa capacidad de Pamuk (que por algo es premio Nobel) de enredarnos en este monólogo alucinado. Porque la quietud es clave en esta novela. La interpretación de gestos y silencios, el construir tu vida en torno al asedio de la amada. Y a beber Raki como si no hubiera un mañana. Conoceremos a las familias de los dos protagonistas, asistiremos a los momentos más importantes de sus vidas y acabaremos conociéndoles como si formaran parte de la nuestra.

Y como «un museo es un donde el espacio se convierte en tiempo», para soportar el no poseer al objeto de su locura, Kemal empezará a robar cuanto objeto haya tocado Füsun o cualquier cosa que de la manera más tangencial le recuerde a ella. Con todo esto alcanza cierto consuelo y con ellos acabará abriendo el museo de su vida. La historia de estos objetos es también una historia de esa Turquía de finales del siglo pasado que empieza a ser libre, pero. Y todo lo que hay delante de un «pero» ya sabemos que es mentira.

Variaciones enigma, André Aciman: el vino de la vida

Variaciones Enigma es la nueva novela de André Aciman antes de la esperada segunda parte de Llámame por tu nombre (que se publicará este otoño bajo el nombre de Find me).
Nos reencontramos con el Aciman que conocimos en Llámame… El mismo escritor del erotismo y los recuerdos; de la inseguridad y la duda. Y, sobre todas las cosas, de la agonía del deseo. Si eres de los que piensan que en cierto modo ha acabado todo cuando los domingos empiezas a hacer la colada con tu pareja, esta es tu historia. Y es que Aciman reconoce no saber qué es el amor.
Pero del deseo… Ay, del deseo sí que sabe.
«Amamos una sola vez en la vida, me había dicho mi padre, a veces demasiado pronto, otras demasiado tarde; las demás siempre son un poco precipitadas». Vale. Amar, amaremos una sola vez en la vida. Pero desear… No sabemos cuántas nos tiene reservado el destino. Y no aprenderemos nada de una a otra. Cuando nos enamoramos, siempre es por primera vez.
Estas variaciones del deseo que siente Paolo/Paul a lo largo de la historia arrancan con el regreso del narrador a Italia, al pueblo de pescadores en el que pasaba los veranos de su infancia. Allí busca al ebanista local, del que se enamoró desesperadamente con 12 años. Tras este arranque acompañamos a Paul cuando cree descubrir a su mujer siéndole infiel. Pero en realidad es él el que se ha enamorado de un joven con el que comparte pista de tenis. En los libros de Aciman la acción es lo de menos. Lo que importa no es tanto lo que le pasa a los personajes como sus sentimientos en torno ello y, sobre todo, lo que sean capaces de reflexionar sobre los mismos. Cuántas veces el deseo es el acto más pasivo del mundo, consistente casi solo en mirar, imaginar y completar la historia con los escasos datos de que dispones en un ejercicio de interpretación de los silencios y los gestos del otro. Y aun así, pocas actividades más extenuantes, devastadoras y con capacidad de arrastrarnos a la locura.
Paul a lo largo de estas variaciones se enamorará de hombres y mujeres; de gente mucho mayor y mucho más joven que él, de seres a los que idealiza y de otros que le idealizarán a él y la belleza de esta narración estriba en que en ninguna de esas experiencias hay sordidez ni humillación ni violencia. Solo un eterno fluir que, como uno de los personajes cuenta, nos hace preguntarnos si realmente hemos conocido «el vino de la vida». Si la respuesta es negativa no has vivido. Esa es la tesis. Aunque uno de los personajes afirme que se puede amar sin haber estado enamorado, si no te has consumido al menos una vez en una pasión como las que nos cuenta Aciman, habrás pasado de puntillas por la vida.

Milkman: El Booker Prize nos lleva a un mundo sin nombres propios

Cosas que esperamos impacientes cada año: el Man Booker Prize. Porque puede gustarte más o menos, pero desde luego no va a dejarte indiferente y lo que es aún mejor, te va a poner a prueba. Si el año pasado nos arrodillamos ante Lincoln en el Bardo, de George Saunders, ahora nos toca hacer lo mismo ante Milkman, de Anna Burns.
Nos situamos. Algún punto indeterminado en la Irlanda del Norte en los años 70.
¿Quién nos cuenta la historia? «La hermana del medio». También conocida como «la que camina». Nuestra protagonista corre, muchas veces con «el tercer cuñado». Y lee. Mientras camina. Literatura del siglo XIX. Porque en ese tiempo, para acusar a alguien hacían falta pruebas. Un día, «Milkman», uno de los «renegantes», se va a obsesionar con ella. No hará falta casi ni que se encuentren ni que intercambien apenas unas frases. Los ojos que todo lo ven han visto lo que han entendido y han dictado sentencia. ¿Un poco confuso? En absoluto. Esta es una historia de acoso. El que sufre nuestra protagonista en un mundo sin nombres propios, en el que se habla con eufemismos, en el que todo es otra cosa. Por eso está Milkman, renegante (miembro del Ira) y «el lechero de verdad» (conocido como «el que no quiere a nadie». La de este segundo lechero es una historia tan hermosa que duele). Vamos a conocer a «las mujeres de los asuntos», un grupo de señoras que se reúnen para hablar de temas exclusivamente femeninos y que se van a ayudar entre ellas pese a que eso las ponga en el punto de mira. Porque han decidido no ser discretas.
Nuestra protagonista no ha decidido nada. Simplemente, ha creído que podía correr y leer por la calle y seguir siendo invisible. El horror está en salirse de la norma en un mundo que habla de «dolencias políticas» cuando lo que en realidad sucede es que te han disparado. Un microcosmos que enloquece de terror ante un «asesinato de verdad», cuando el goteo de asesinatos es constante. Pero estos son políticos. Y se asumen. Es parte de la norma. Cosas de «el país de la otra orilla». Nuestra protagonista tiene, además, un «medio novio», y una «amiga de toda la vida» (esta historia, ay, esta historia), y su vida dará el vuelco definitivo cuando «la chica de las pastillas», intente envenenarla… Pasearemos por «el sitio de siempre». Conoceremos a una profesora que claro, no se ha criado ahí y les hace ver que el cielo no es solo blanco, negro o azul. Incluso que en sus calle hay árboles. Nada de eso ve ni nuestra hermana del medio ni nadie. No hay belleza en este mundo en el que toda tu vida está escrita nada más venir al mundo y en el que por una cuestión de lógica aplastante se entiende mucho más casarte con alguien por quien no sientes nada que hacerlo con el amor de tu vida.
Qué talento narrativo tan enorme despliega Burns. Como una gota malaya, la repetición, la grisura, la vigilancia constante aplastan también al lector con su peso. Y acabas entendiendo el ruego de querer ser simplemente una persona más en la multitud. No destacar, ser invisible por puro instinto de supervivencia. Pero a la vez, qué clase de existencia es esa.

Y con esto, todo ha sido escrito. Voces de Chernobil

¿Conoces (o puedes imaginar) la sensación de romperte un hueso por siete sitios, sufrir un dolor atroz, notar como va soldando pero volver a darte una punzada horrorosa cuando va a llover? Pues eso pasa con Voces de Chernóbil. No crees que puedas soportar su lectura. Pasas las páginas y ves cómo tu corazón va quedándose atrás, roto a pedazos. En el trayecto, además, pierdes la fe en el género humano. En las personas, no. Pero en la humanidad, desde luego. Terminas el libro. No puedes coger otro. Qué se puede leer después de eso. Y poco a poco vas volviendo a ti. Crees que te has curado. Dejas de pensar en el dolor y la muerte y la falta de sentido de todo. Pero de repente, por ejemplo, emiten cierta serie de televisión y se te revuelven las entrañas.
«Gustar» no es la palabra para Chernóbil. No «gusta» la serie por dibujarnos una sonrisa. La amamos porque es brillante, implacable, nos remueve, nos apunta con el dedo y nos acerca al abismo. El espectador ha visto lo mejor y lo peor del ser humano. Después de esto va a saber cómo un sistema que se hunde gestiona una catástrofe que podía haber acabado con media Europa. Si hace falta convertirse en una trituradora humana, adelante. Y a negar la mayor. Eso pasó allí, en ese momento, de esa manera. Puede volver a pasar. A cualquiera, que centrales nucleares no faltan. Cómo lo va a gestionar el siguiente… Esperamos poder ver la serie. Pero en el trayecto hemos conocido héroes. Gente capaz de sacrificarse «porque hay que hacerlo». Ya está. No hay que dar más explicaciones. Hay que hacerlo. Y no otro. Yo. Madre mía. Cómo amamos a las personas. Una a una. Cada historia, cada paso al frente. Una estatura en cada calle de Europa a los liquidadores, por favor.
La serie de la HBO tenía la autorización de Svetlana Alexievich para usar entre 6 y 8 historias de su Voces de Chernóbil. Incomprensiblemente, la autora, periodista y premio Nobel de Literatura en 2015, no aparece en los títulos de crédito. Que nos lo expliquen.
Alexievich entrevistó durante diez años a más de quinientos supervivientes del accidente nuclear y aquí están sus voces. Las de los bomberos, mineros, liquidadores, físicos, psicólogos, médicos, residentes de la zona, familiares de los fallecidos… Todos tenían su historia que contar. Nadie quería escucharla. Más bien todos querían silenciarla. Pero Alexievich vino al mundo para escuchar a la gente y dar voz a los que se la quitan. La periodista no trata de explicar el funcionamiento de una central nuclear. No. Este libro no va de ver por qué explotó. Va a contarnos el mundo después del accidente. Como la misma autora ha afirmado, libros sobre los desastres de la guerra hay muchos. La gente ya sabe qué va a leer cuando se acerca a un libro así. Pero nunca había ocurrido nada como Chernóbil. Se enfrentó a escribir algo por primera vez. Y no sabemos si habla más de la muerte o del amor.
Llevamos años recomendando Voces de Chernóbil porque pensamos que es un texto fundamental para entender el alma humana puesta al límite. Un libro que nos hace ver que no somos nada, que nos pueden usar, desechar, matar y olvidar. Y que también tenemos mucha más capacidad de aguante de la que creemos. Y que lo que nos hace humanos es la capacidad de amar. Más allá de toda lógica. Gracias a la serie, Voces de Chernóbil vuelve a estar de plena actualidad. Por favor, armaos de valor y leedlo. Se lo debemos a todos ellos.

Por Rita Sánchez