Variaciones enigma, André Aciman: el vino de la vida

Variaciones Enigma es la nueva novela de André Aciman antes de la esperada segunda parte de Llámame por tu nombre (que se publicará este otoño bajo el nombre de Find me).
Nos reencontramos con el Aciman que conocimos en Llámame… El mismo escritor del erotismo y los recuerdos; de la inseguridad y la duda. Y, sobre todas las cosas, de la agonía del deseo. Si eres de los que piensan que en cierto modo ha acabado todo cuando los domingos empiezas a hacer la colada con tu pareja, esta es tu historia. Y es que Aciman reconoce no saber qué es el amor.
Pero del deseo… Ay, del deseo sí que sabe.
«Amamos una sola vez en la vida, me había dicho mi padre, a veces demasiado pronto, otras demasiado tarde; las demás siempre son un poco precipitadas». Vale. Amar, amaremos una sola vez en la vida. Pero desear… No sabemos cuántas nos tiene reservado el destino. Y no aprenderemos nada de una a otra. Cuando nos enamoramos, siempre es por primera vez.
Estas variaciones del deseo que siente Paolo/Paul a lo largo de la historia arrancan con el regreso del narrador a Italia, al pueblo de pescadores en el que pasaba los veranos de su infancia. Allí busca al ebanista local, del que se enamoró desesperadamente con 12 años. Tras este arranque acompañamos a Paul cuando cree descubrir a su mujer siéndole infiel. Pero en realidad es él el que se ha enamorado de un joven con el que comparte pista de tenis. En los libros de Aciman la acción es lo de menos. Lo que importa no es tanto lo que le pasa a los personajes como sus sentimientos en torno ello y, sobre todo, lo que sean capaces de reflexionar sobre los mismos. Cuántas veces el deseo es el acto más pasivo del mundo, consistente casi solo en mirar, imaginar y completar la historia con los escasos datos de que dispones en un ejercicio de interpretación de los silencios y los gestos del otro. Y aun así, pocas actividades más extenuantes, devastadoras y con capacidad de arrastrarnos a la locura.
Paul a lo largo de estas variaciones se enamorará de hombres y mujeres; de gente mucho mayor y mucho más joven que él, de seres a los que idealiza y de otros que le idealizarán a él y la belleza de esta narración estriba en que en ninguna de esas experiencias hay sordidez ni humillación ni violencia. Solo un eterno fluir que, como uno de los personajes cuenta, nos hace preguntarnos si realmente hemos conocido «el vino de la vida». Si la respuesta es negativa no has vivido. Esa es la tesis. Aunque uno de los personajes afirme que se puede amar sin haber estado enamorado, si no te has consumido al menos una vez en una pasión como las que nos cuenta Aciman, habrás pasado de puntillas por la vida.

Milkman: El Booker Prize nos lleva a un mundo sin nombres propios

Cosas que esperamos impacientes cada año: el Man Booker Prize. Porque puede gustarte más o menos, pero desde luego no va a dejarte indiferente y lo que es aún mejor, te va a poner a prueba. Si el año pasado nos arrodillamos ante Lincoln en el Bardo, de George Saunders, ahora nos toca hacer lo mismo ante Milkman, de Anna Burns.
Nos situamos. Algún punto indeterminado en la Irlanda del Norte en los años 70.
¿Quién nos cuenta la historia? «La hermana del medio». También conocida como «la que camina». Nuestra protagonista corre, muchas veces con «el tercer cuñado». Y lee. Mientras camina. Literatura del siglo XIX. Porque en ese tiempo, para acusar a alguien hacían falta pruebas. Un día, «Milkman», uno de los «renegantes», se va a obsesionar con ella. No hará falta casi ni que se encuentren ni que intercambien apenas unas frases. Los ojos que todo lo ven han visto lo que han entendido y han dictado sentencia. ¿Un poco confuso? En absoluto. Esta es una historia de acoso. El que sufre nuestra protagonista en un mundo sin nombres propios, en el que se habla con eufemismos, en el que todo es otra cosa. Por eso está Milkman, renegante (miembro del Ira) y «el lechero de verdad» (conocido como «el que no quiere a nadie». La de este segundo lechero es una historia tan hermosa que duele). Vamos a conocer a «las mujeres de los asuntos», un grupo de señoras que se reúnen para hablar de temas exclusivamente femeninos y que se van a ayudar entre ellas pese a que eso las ponga en el punto de mira. Porque han decidido no ser discretas.
Nuestra protagonista no ha decidido nada. Simplemente, ha creído que podía correr y leer por la calle y seguir siendo invisible. El horror está en salirse de la norma en un mundo que habla de «dolencias políticas» cuando lo que en realidad sucede es que te han disparado. Un microcosmos que enloquece de terror ante un «asesinato de verdad», cuando el goteo de asesinatos es constante. Pero estos son políticos. Y se asumen. Es parte de la norma. Cosas de «el país de la otra orilla». Nuestra protagonista tiene, además, un «medio novio», y una «amiga de toda la vida» (esta historia, ay, esta historia), y su vida dará el vuelco definitivo cuando «la chica de las pastillas», intente envenenarla… Pasearemos por «el sitio de siempre». Conoceremos a una profesora que claro, no se ha criado ahí y les hace ver que el cielo no es solo blanco, negro o azul. Incluso que en sus calle hay árboles. Nada de eso ve ni nuestra hermana del medio ni nadie. No hay belleza en este mundo en el que toda tu vida está escrita nada más venir al mundo y en el que por una cuestión de lógica aplastante se entiende mucho más casarte con alguien por quien no sientes nada que hacerlo con el amor de tu vida.
Qué talento narrativo tan enorme despliega Burns. Como una gota malaya, la repetición, la grisura, la vigilancia constante aplastan también al lector con su peso. Y acabas entendiendo el ruego de querer ser simplemente una persona más en la multitud. No destacar, ser invisible por puro instinto de supervivencia. Pero a la vez, qué clase de existencia es esa.

Y con esto, todo ha sido escrito. Voces de Chernobil

¿Conoces (o puedes imaginar) la sensación de romperte un hueso por siete sitios, sufrir un dolor atroz, notar como va soldando pero volver a darte una punzada horrorosa cuando va a llover? Pues eso pasa con Voces de Chernóbil. No crees que puedas soportar su lectura. Pasas las páginas y ves cómo tu corazón va quedándose atrás, roto a pedazos. En el trayecto, además, pierdes la fe en el género humano. En las personas, no. Pero en la humanidad, desde luego. Terminas el libro. No puedes coger otro. Qué se puede leer después de eso. Y poco a poco vas volviendo a ti. Crees que te has curado. Dejas de pensar en el dolor y la muerte y la falta de sentido de todo. Pero de repente, por ejemplo, emiten cierta serie de televisión y se te revuelven las entrañas.
«Gustar» no es la palabra para Chernóbil. No «gusta» la serie por dibujarnos una sonrisa. La amamos porque es brillante, implacable, nos remueve, nos apunta con el dedo y nos acerca al abismo. El espectador ha visto lo mejor y lo peor del ser humano. Después de esto va a saber cómo un sistema que se hunde gestiona una catástrofe que podía haber acabado con media Europa. Si hace falta convertirse en una trituradora humana, adelante. Y a negar la mayor. Eso pasó allí, en ese momento, de esa manera. Puede volver a pasar. A cualquiera, que centrales nucleares no faltan. Cómo lo va a gestionar el siguiente… Esperamos poder ver la serie. Pero en el trayecto hemos conocido héroes. Gente capaz de sacrificarse «porque hay que hacerlo». Ya está. No hay que dar más explicaciones. Hay que hacerlo. Y no otro. Yo. Madre mía. Cómo amamos a las personas. Una a una. Cada historia, cada paso al frente. Una estatura en cada calle de Europa a los liquidadores, por favor.
La serie de la HBO tenía la autorización de Svetlana Alexievich para usar entre 6 y 8 historias de su Voces de Chernóbil. Incomprensiblemente, la autora, periodista y premio Nobel de Literatura en 2015, no aparece en los títulos de crédito. Que nos lo expliquen.
Alexievich entrevistó durante diez años a más de quinientos supervivientes del accidente nuclear y aquí están sus voces. Las de los bomberos, mineros, liquidadores, físicos, psicólogos, médicos, residentes de la zona, familiares de los fallecidos… Todos tenían su historia que contar. Nadie quería escucharla. Más bien todos querían silenciarla. Pero Alexievich vino al mundo para escuchar a la gente y dar voz a los que se la quitan. La periodista no trata de explicar el funcionamiento de una central nuclear. No. Este libro no va de ver por qué explotó. Va a contarnos el mundo después del accidente. Como la misma autora ha afirmado, libros sobre los desastres de la guerra hay muchos. La gente ya sabe qué va a leer cuando se acerca a un libro así. Pero nunca había ocurrido nada como Chernóbil. Se enfrentó a escribir algo por primera vez. Y no sabemos si habla más de la muerte o del amor.
Llevamos años recomendando Voces de Chernóbil porque pensamos que es un texto fundamental para entender el alma humana puesta al límite. Un libro que nos hace ver que no somos nada, que nos pueden usar, desechar, matar y olvidar. Y que también tenemos mucha más capacidad de aguante de la que creemos. Y que lo que nos hace humanos es la capacidad de amar. Más allá de toda lógica. Gracias a la serie, Voces de Chernóbil vuelve a estar de plena actualidad. Por favor, armaos de valor y leedlo. Se lo debemos a todos ellos.

Por Rita Sánchez

La eterna lucha entre la ignorancia y el miedo frente a la responsabilidad personal: La Peste

“Muchos esperaban, además, que la epidemia fuera a detenerse y que quedasen ellos a salvo con toda su familia. En consecuencia, todavía no se sentían obligados a nada. La peste no era para ellos más que un visitante desagradable, que tenía que irse algún día puesto que algún día había llegado. Asustados, pero no desesperados, todavía no había llegado el momento en que la peste se les apareciese como la forma misma de su vida y que olvidasen la existencia que hasta su llegada habían llevado.” Albert Camus escribió en 1947 un «libro-advertencia». Parece decirnos: «Mira lo que está pasando. Yo te lo voy a contar casi como una parábola, despacito y de forma sencilla. Te voy a hablar de la peste, pero tú, lector, vas a hacer este texto tuyo y tenerlo muy a mano. Porque pestes va a haber muchas. La que provoca el bacilo es solo una de ellas».
Camús utiliza la enfermedad y la muerte en una ciudad en cuarentena para hablar de lo mejor y peor del ser humano cuando este se enfrenta a su posible extinción. Cada lector acaba acercarcándose al texto bajo sus propios parámatros. Conociendo al autor, asumimos que la peste de la que nos habla es la que asoló Europa bajo la forma del nazismo. Cuando surge la epidemia, los ciudadanos inicialmente le restan importancia, algunos incluso buscarán la forma de beneficiarse con ella. Igual que con una epidemia, las ideas más peligrosas van inoculándose poco a poco, se aceptan por comodidad, porque no creemos que nos vaya a tocar a nosotros, y llegamos a sacrificar nuestra libertad, nuestras ideas, por falta de acción, por indiferencia, por miedo. Porque nos dicen que si hacemos las cosas bien no tenemos nada que temer. Pero ¿quién determina lo que es “el bien”? Sin lugar a dudas, ninguno de nosotros. Teniendo todo esto claro, solo nos queda la respuesta individual. Cada uno de nosotros es responsable de su propia actuación. Aquí entra la responsabilidad personal. Y llegado el caso, incluso el heroísmo. ¿Nos suena el tema? ¿Sigue siendo de rabiosa actualidad? ¿Sigue existiendo el negacionismo? ¿Nos siguen vendiendo miedo? ¿Con cuántos temas? ¿Pensamos siempre que la culpa es del otro, que no podemos hacer nada? ¿Es el cambio climático una nueva peste?
Camus, en un final para tatuárselo en el pecho, nos advierte que el bacilo de la peste no muere jamás y que “puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombre, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”. Nadie sale inmune de una plaga.

Por Rita Sánchez