La Oscuridad y La Orden: «Nuestra parte de noche»

Conocimos a Mariana Enríquez por sus cuentos, recogidos en obras como Los peligros de fumar en la cama y Las cosas que perdimos en el fuego. Nos pareció una de las voces más potentes que habíamos leído en mucho tiempo, así que fuimos de cabeza a por La hermana menor (su nouvelle dedicada a la figura de Silvina Ocampo) y la pequeñita, extraña (y quizá menor, pero solo porque ella es muy grande) Este es el mar. Lo enorme que es esta escritora lo demuestra el hecho de que Nuestra parte de noche (su primera novela en el más amplio sentido de la palabra) se alzara con el premio Herralde 2019. Y nosotros, en cuanto lo supimos, sin haber leído siquiera la sinopsis, empezamos a festejar.  Cómo no hacerlo ante alguien que ha creado un nuevo universo gótico, para la que los mecanismos del terror, la suspensión de la credibilidad, la creación de atmósferas, el don de la nominación (para qué decir «fantasma» cuando existe la opción «descarnado») no tienen secretos para ella. Alguien que te escribe un cuento de hadas (oscuro como siempre fueron) para encerrar la realidad brutal. Aquí, el horror de la dictadura argentina muta al terreno del mito y logra el objetivo último: fijar esta ficción en la parte más profunda del cerebro, donde queda para siempre, transmitiéndose de generación en generación. Ante alguien así no se necesitan sinopsis. En Nuestra parte de noche tenemos a un padre con poderes sobrenaturales y a su hijo, llamado a ser su sucesor como médium de una sociedad secreta, La Orden, que contacta con La Oscuridad a través de atroces rituales para buscar la vida eterna. A partir de aquí, todo. Y cuando pienses, lector, que lo peor ya ha pasado y que no va a haber nada que puedas leer que te aterrorice más, no es así. Acaba de empezar. 

«Un Plan Sangriento»: Crimen y castigo en las Highlands.

«Escribo esto a instancias de mi abogado, el señor Andrew Sinclair, quien, desde que me encarcelaron aquí, en Inverness, me ha tratado con un grado de cortesía que no merezco en modo alguno. Mi vida ha sido breve y de escasa consecuencia, y no es mi deseo eximirme de la responsabilidad de los actos que recientemente he cometido. Así pues, no es por otra razón que la de corresponder la amabilidad de mi abogado que consigno estas palabras por escrito».

Así comienzan las memorias en las que Roderick Macrae, un campesino escocés de diecisiete años preso en el castillo de Inverness, confiesa su participación en tres brutales asesinatos cometidos en 1869 en la aldea de Culdui. Su descendiente Graeme Macrae «se topa por casualidad con dicho manuscrito» (cuántas páginas gloriosas ha dado esta fórmula a la literatura), se obsesiona y comienza a investigar, consiguiendo declaraciones policiales, informes de autopsia, observaciones de un cirujano que atiende al prisionero y, por supuesto, la descripción del juicio. Con todas las piezas construye un «true crime» adictivo en el que el lector tiene que completar la historia. Porque aquí, querido lector, no te puedes fiar de nadie. Y aseguramos que vais a pasar por momentos en los que os invadirá el horror más absoluto.

Pero lo mejor de esta novela no es que esté impresionantemente bien escrita, ni que el argumento, la estructura y los giros sean apasionantes y además sea cero tramposa, ni siquiera el hecho de que invite al lector a completarla. Es más, todo eso es lo de menos, es la excusa para llevarnos a lo más hondo de la durísima realidad de la vida en el campo escocés en el siglo XIX. La lucha de clases, la morfopiscología llevada a sus más tristes consecuencias, el desigual (por decir algo) reparto de la riqueza, la explotación del hombre hasta condiciones de (¿semi?) esclavitud, la brutal creencia de que la pobreza es un castigo divino, el analfabetismo que tan poca prisa se da el Estado por erradicar, la supremacía de la raza, la aporofobia, el embrutecimiento del ser humano que tiene que vivir en peores condiciones que las bestias de carga. Teorías y condiciones de vida aún no superadas pero que no hace tanto tiempo se aceptaban como verdad absoluta y voluntad de dios. Y eso sí que te hiela el alma y te asoma al abismo. El que estemos tan cerca. Una de las mejores novelas publicadas en 2019.

«Un corazón demasiado grande». La verdad no nos hará libres.

Aviso. «Un corazón demasiado grande» (Eider Rodríguez, literatura Random House) no es una colección de relatos, sino una bomba de relojería con el temporizador puesto que te explotará cuando menos lo esperes. Pero que te va a explotar, eso dalo por seguro. Eider Rodríguez, en veinte historias, nos retrata. Sí, a todos nosotros, a la clase media que trabaja todos los días, la de sueños de horizontes cercanos y de una idea de felicidad domesticada. Rodríguez demuestra tener una capacidad de observación y un oído excepcionales, que luego traslada a sus descripciones de personas, lugares, situaciones. Y a los diálogos. Fluidos, verdaderos. Aquí hay verdad. Incómoda. Quizá esa que no se dice, y que quizá si no se dice sea por algo. Estamos ante retratos que no son amables porque tampoco nosotros lo somos. Como tampoco somos heroicos o bellos. Somos «personas normales». Y aquí es donde otra vez nos deja mudos. Su idea de normalidad, que repetimos es posiblemente con la que nos movemos la mayoría, es, en sus manos y con ese bisturí que tiene por lápiz, descubierta por vez primera. ¿Quieres verte desde fuera? Léete esto. Aquí está el miedo a que nada cambie. Y el miedo al cambio. Y la necesidad de encajar, y el asco de encajar en los moldes «adecuados». Somos seres sociales, inevitablemente tenemos que intentar convivir con el otro, pero queremos seguir siendo libres, o autosuficientes, o que al menos la renuncia sea mínimamente satisfactoria. Todo es parodia. Los personajes de Rodríguez son seres rotos. Aquí hay miomas y muelas rotas, y olores corporales.

Y sin embargo. Otra vez el giro, la vuelta. Qué humanidad más grande, qué ternura, qué capacidad de andar con los zapatos del otro. Leed, por ejemplo «¿No notas nada raro?». Fijaos en qué título tan de andar por casa en pantuflas. Pues esperad a terminarlo. Esa madre, esa hija, esas compras de navidad, esa cena en familia, esas manos que no se reconocen.
Hay abrazos tiernos, y son necesarios. Pero también lo son los abrazos fuertes, duros. Este libro es uno de ellos.

«Lena y Karl»: Del amor y de viajes en el tiempo

¿Te gusta la música? Esta es tu novela ¿Especialmente la de los «80 y «90? No te la pierdas. ¿Te interesan los viajes en el tiempo? Vas a alucinar ¿Eres un romántico de los que sabe en lo más profundo de su corazón que hay personas destinadas a encontrarse, no importa qué depare el destino? Aquí te vas a quedar. ¿Alta fidelidad y Olvídate de mí son referencias en tu vida? No te decimos más. Lena y Karl, la primera novela de Mo Daviau (Blackie Books) es un soplo de aire fresco. Original, divertida, tierna. Protagonizada por una antigua semi estrella de rock y una astrofísica que llevan encima mucho equipaje en forma de traumas, dolor, fracasos e inseguridades. Nuestro protagonista, ahora dueño de un bar, va a encontrase un día en el baño de casa un agujero por el que viajar en el tiempo. Y claro. Quién no querría ver ese concierto que se perdió en su día o bien que no pudo ver porque aún no estaba en el mundo. Y cómo no pensar en ganar dinero con ello… Pero seamos sinceros. Teniendo la oportunidad, que levante la mano quien no viajara al pasado para volver a ver a su madre. O a ese antiguo amor que todavía te atormenta. O a ese momento terrible que te marcó, que fue una casualidad del destino, que te ha reventado la vida y que podrías haber evitado. ¿Quién eres tú si tu pasado cambia? ¿Serías feliz ahora? ¿Seguro? ¿Y si tu yo del futuro se dirige a ti y nada de lo que te dice parece tener sentido? Nuestra protagonista, Lena, aparecerá en escena con sus estudios de astrofísica, sus camisetas de grupos de rock, su tatuaje tan especial y todos sus traumas justo cuando Karl envíe a su mejor amigo al año 980, cuando en realidad quería enviarlo al 1980…y no pueda hacerle regresar. Esta novela se plantea todos esos «y si…»que se nos aparecen a todos algunas noches y no nos dejan dormir. Y lo hace de una forma tan humana, tan graciosa, tan sentida, sin darle importancia a las paradojas espacio temporales que tan nervisositos nos ponen a veces, sin pizca de cinismo ni misantropía (dos cositas que abundan mucho últimamente y que no creemos que aporten) que se nos antoja una historia deliciosa donde quedarse a pasar un ratito inolvidable.  El único «pero» que le ponemos es que desperdicia un poco el potencial que tienen dos de sus personajes secundarios, oro puro, con diálogos y situaciones descacharrantes y de los que nos habría gustado saber más… Pero quién sabe qué puede pasar. De lo que estamos seguros es de que Mo Daviau ha venido para quedarse. 

Los asquerosos

Pocos libros tienen una recepción tan entusiasta como Los Asquerosos, la última obra de Santiago Lorenzo. El calificativo de «novela del año» que saluda desde el cintillo de la portada actúa como incentivo tanto para los lectores casuales (si voy a leer un único libro, que sea el mejor) como para aquellos que, habituales de la lectura, quieren comprobar a qué se debe el revuelo crítico y popular armado alrededor del texto. Así que, al menos, el primer objetivo está asegurado: Los Asquerosos está siendo desde su aparición un éxito de ventas rotundo.
Se ha dicho de esta novela que es una actualización de Robinson Crusoe, que contiene una crítica política acerada, que es el mejor retrato de la estupidez de los tiempos modernos o que reivindica como pocas veces se ha hecho la dignidad de la España vaciada. Y todo eso es un poco verdad. La historia de Manuel (el protagonista a quien pone voz su tío), ese joven que se ve obligado a huir a un pueblo deshabitado tras apuñalar a un policía, está preñada de un sarcasmo tan salvaje como repetitivo. Lorenzo demuestra que es un creador de lenguaje y un retratista de trazo grueso: acierta en el análisis y en su descripción, pero tal vez se excede con los brochazos. Por eso, aunque la novela tenga notables golpes de humor, sea original en su planteo inicial y giros argumentales, y no esté exenta de momentos brillantes. termina agotando.
El viaje que propone Lorenzo hacia la misantropía absoluta puede hacerse denso; su inventiva en la adjetivación (y sustantivación) es en ocasiones desternillante por la precisión de los términos acuñados pero se antoja insuficiente para hacer de Los Asquerosos esa obra cumbre de la que se habla. Es, por supuesto, una buena novela. Ingeniosa, divertida, extenuante, rotunda. Pero no grande ni el clásico que algunos quieren ver en ella…

Por Jose Alvarez

Giznburg y Chéjov para la vida

Quizá, el mejor escritor de cuentos de la historia sea Chéjov. El arte no es matemática y es algo entre muy difícil y absurdo el establecer el pódium. Pero si de influencia hablamos, la suya fue y sigue siendo enorme. Ejemplo. Raymond Carver no sería quien es si no le hubiera leído, y no solo porque le dedicara sus famosas Tres rosas amarillas. Chéjov es el paraíso donde quedarse si se está interesado en leer sobre el alma humana, sus grandezas y miserias. Natalia Ginzburg lo sabe y como su pulsión creadora orbitaba por ahí, le estudió del derecho y del revés y condensó todo ese saber en un librito de apenas 80 páginas que no solo es fundamental para cualquier persona interesada en la figura de Chejov. Es, además, una guía de estilo perfecta para cualquiera que quiera aprender a escribir. ¿A escribir cuentos? ¿A escribir biografías? ¿A escribir reseñas? No. Mucho mejor. A escribir a secas. Qué nos enseña Ginzburg: a leerlo todo, a no hablar sin saber y contar lo que sabes como tú lo sabes. Es decir, a buscar tu estilo. Página 16: «Chéjov ya tenía una forma extraordinaria de introducirse en una historia, una forma brusca y ligera, fulminante e imperiosa, como si de pronto alguien abriera de par en par una puerta o una ventana para ofrecer al lector los rasgos de una figura humana o de un grupo de figuras humanas, permitirle oír el sonido de sus voces, intuir sus estados de ánimo, el servilismo o la afectación, la paciencia o la prepotencia, y a continuación, cerrara esa puerta o esa ventana ante el lector absorto, divertido y estupefacto» . Cualquiera que haya leído a Chéjov sabe que esto es exactamente así y podría pasarse toda la vida intentándolo que no podría definirlo mejor. Ginzburg nos va trazando la biografía de Chéjov, intercalándola con la obra en curso y el lector entiende de dónde viene todo. Era un observador agudísimo que aprovechaba todo, escribía cuando su mente estaba fría como un témpano para así conseguir no meterse a sí mismo en la historia y, sobre todas las cosas, mandamiento número uno, no juzgar nunca, nunca, nunca jamás a ninguno de sus personajes. «El escritor tiene que tener los ojos secos aunque el lector llore» y «el juez es el lector». Maravilla. Imposible también haber leído Tres rosas amarillas y llegar a las páginas finales de este Chéjov sin sentir que te atraviesa un rayo de punta a punta que te lleva de la pena a la gratitud pasando por un sentimiento muy extraño, algo como un «rayo verde»: el delirio (real) de haber compartido espacio tiempo con tres de las plumas más brillantes que vas a leer en tu vida. Y por qué leemos si no es por momentos de locura como ese.

Chéjov habría estado muy orgulloso de esta alumna suya.

Por Rita Sánchez (del lado de las resoplantes)

Marchando una de pulgas.

«Pulgas» es la última publicación de Ricardo Sanz, toda una institución en lo referente a talleres de escritura creativa, y es que son décadas enseñando a escribir o, como él diría, aprendiendo a desaprender, a numerosos aficionados a la literatura de la Axarquía. Pulgas es la demostración de que el microrrelato es un género digno, es un género en sí mismo, de que se puede hacer literatura de gran calidad de forma muy condensada; volvemos a citar al maestro, porque menos es más. Pulgas está escrito, en nuestra modesta opinión, para ser releído, o más aún, para consultar de vez en cuando, para tenerlo siempre a mano. No me negarán que, un libro que te hace reflexionar, viene bien en los tiempos que corren. Pulgas está disponible por el momento en Amazon y en Librería Europa de Nerja. Nos quedamos con una duda, ¿para cuándo el siguiente libro de Ricardo Sanz?

Benjamin Nuñez.

“Stefan Zweig, la tinta violeta”, de Jesús Marchamalo

Stefan Zweig vivió al menos dos vidas: una sin guerra, acomodada (escritor de éxito, viajero cosmopolita, humanista, coleccionista de cultura), y otra con guerra, desesperante (escritor que que ha de ver cómo queman sus libros, apátrida, exiliado. Humanista hasta el final).

Tras vérselas con Pío BarojaFranz KafkaFernando PessoaKaren Blixen y Virginia Woolf, el ya clásico tándem formado por Jesús Marchamalo (texto) y Antonio Santos (ilustraciones) sólo necesita una miniatura editorial de apenas cuarenta y siete diminutas páginas para trazar aquel recorrido vital de manera ejemplar. Escritura serena y precisa, ajena a la hagiografía, para una historia brutal. Ilustraciones en blanco y negro de trazo duro.

Cada vez son más los que ven en Stefan Zweig al humanista que necesitamos en estos tiempos inciertos. Para los que aún no le han leído, este texto es una manera excelente de acercarse a su figura y pensamiento. Para los que ya son seguidores, es desde ya libro de cabecera.

Sara Mesa y la pobreza en el laberinto burocrático

Esta es la historia real de una mujer sin hogar, discapacitada y enferma que trata de solicitar la renta mínima a la que tiene derecho según la administración y los medios. Pero el laberinto burocrático que debe recorrer, los escollos y trabas con que tropieza desembocan en la desesperación. Mientras tanto, los ciudadanos se quedan con la impresión contraria: hay montones de prestaciones y ayudas para los más pobres. «Privilegiados.» «Caraduras.» «Vagos.» Los prejuicios se acumulan. Este es uno de los comienzos de la aporofobia: el odio al pobre.