Joyce Carol Oates y los mártires de la nueva guerra americana

Joyce Carol Oates escribe más de lo que cualquiera pueda leer. Y  lleva publicando desde 1964. Su obra en español está dispersa en numerosas editoriales. Lumen, Plaza y Janés, Debolsillo, Papel de Liar, Gatopardo, SM, Alba, Edaf, Laertes, Suma de Letras, La Biblioteca de Carfax… Pero es Alfaguara la que publica sus títulos más recientes. Su penúltimo título (al menos en español) es Un libro de mártires americanos. Aquí hago un inciso. No soy neutral. Adoro a esta mujer. Conozco sus libros del derecho y del revés y tengo mi propia teoría: si pasa de las 550 páginas, obra maestra. Oates, pienso, necesita tiempo y espacio para crear sus novelas río y hacer que sus personajes adquieran el peso y la forma adecuados para que pasen a formar parte de tu familia y te duela lo que les pasa más que a ellos mismos. Un libro de mártires… supera las 800 páginas. Y te las bebes. 

En esta historia vamos a seguir las vidas de dos familias norteamericanas. Por un lado, la de Luther Dunphy, pura white trash «de los estados que se sobrevuelan» que dice actuar en nombre de Dios cuando dispara al médico abortista Augustus Voorhess, patriarca de la otra familia a la que seguiremos. Los dos son idealistas, cada uno de lo suyo, y dispuestos a todo por defender lo que creen. Son hombres de acción preparados para pagar el precio por sus actos. Con su punto narcisista y mesiánico. Y a los narcisos y a los mesías no les importa que los que están a su alrededor sufran por la vida a la que se ven arrastrados.  No es un tema fácil el del aborto, y en EEUU, creemos que menos todavía. Luther cree en su corazón que mata a uno para salvar a miles. Voorhess ayuda a abortar a mujeres que viven en unas condiciones tan brutales que un embarazo (no deseado, fruto de abusos, de violaciones, de incestos en algunos casos) solo puede traerles más miseria y dolor. 

Ya tenemos al primer mártir. Nos toca el segundo. Luther acabará en la cárcel. Le acompañaremos todo el proceso de detención, juicio, cárcel, corredor de la muerte. Estos capítulos, para la que suscribe, son de lo mejor que ha escrito la autora, ahí está toda ella y es su alegato contra la pena capital. Perfectamente articulado y medido, desapasionado porque aquí no tiene que intervenir la emoción sino la capacidad de argumentar y que refleja brutalmente la irracionalidad de un sistema enfermo. Esto es quirúrgico. Recomendamos ir bien armado para enfrentarse a estas páginas. 

A partir del asesinato, los destinos de las hijas de ambos transcurren en paralelo: Dawn Dunphy se convierte en boxeadora, mientras que Naomi Voorhees, documentalista en ciernes, se obsesiona con el pasado. Es aquí donde aparece la magia Oates y su don para crear personajes femeninos. Cuando terminas esta novela, Dawn es tu hermana. Oates siente fijación por las mujeres que lo tienen todo en contra desde su nacimiento. Mujeres feas, flacas, pobres, señaladas, objeto de todo tipo de violencias. Mujeres que parecen haber venido al mundo para que los demás vuelquen en ellas todo su odio y sus frustraciones. Mujeres que, no obstante, van a querer seguir viviendo. No se sabe muy bien por qué. Posiblemente porque están vivas. Solo por eso. Mujeres en estado de alerta que tendrán que aprender a vivir mirando hacia atrás y pensando que la felicidad es algo que les pasa a otros y cuya máxima aspiración bien puede ser vivir sin miedo.

Un libro de mártires americanos es, sin duda, uno de los grandes títulos firmados por una autora que ya lleva unos cuantos que revolucionan el canon.

La mucama de Omicunlé. Yemayá, Goya y una anémona.

Apabullante: que intimida por su fuerza o superioridad. Si alguien encuentra mejor adjetivo para definir La mucama de Omicunlé (Rita Indiana, Periférica) por favor que nos lo diga.

No sabemos si es que el aire del Caribe tiene algo mágico y ancestral o qué pasa. Pero qué literatura están creando en sus orillas. No tiene sentido resumir esta novela de apenas 200 gloriosas páginas. Pero venga, trazamos un mapa con el que orientarnos: Alcide Figueroa, mucama de la santera Esther Escudero va a vivir una historia de pasados, presentes y futuros. Y la forma, el lenguaje y la estructura con la que Indiana cuenta esto no tiene rival. Porque si al principio encontramos dos líneas narrativas principales, estas pronto se desdoblarán en cuatro. Por un lado, estaremos en el año 2027, en un mundo distópico dominado por la tecnología; por otro, en el año 2001, donde conoceremos a Argenis, artista frustrado que vende sus servicios técnicos por teléfono bajo el nombre de Psychic Goya (!!!!). Y sí, resulta que los grabados de Goya tienen su importancia en esta historia… Al igual que la música, el sexo, los cambios de sexo y todos los dioses del panteón afroantillano (porque claro, por aquí desfilan Yemayá y Yocahú… y una anémona).

Lo mejor es llegar a esta historia y dejarse arrastrar por el torrente que no se desboca en ningún momento, y mira que tiene momentos para que en otras manos se desboque. Esto es ciencia ficción, es fantasía, realismo mágico y ciberpunk. Es el retrato de un país y de la época que le ha tocado vivir… Aunque en el fondo de nuestro corazón sentimos que Indiana de lo que en realidad quiere hablarnos es de dos conceptos fundamentales: la eternidad y el amor… y cuando ya casi crees que eso es todo, en un giro alucinante, nos dice que no, que en realidad todo esto va de la relación entre el hombre y la tecnología y de que éste no sucumbirá a ella porque hay una fuerza más antigua, más poderosa y que nos sobrevivirá a todos: el Vudú Dominicano.

En resumen: Queremos mudarnos a la playa de Bo.

Por @RitaSanchez78  (librera del lado de las resoplantes)

El espacio se hace tiempo: El museo de la Inocencia, Orhan Pamuk

«Sabemos que cuando señalemos el momento más feliz hará mucho que este habrá quedado en el pasado, que no volverá nunca más y que, precisamente por eso, nos producirá dolor. Y lo único que puede hacernos soportable dicho dolor es poseer algún objeto perteneciente a ese instante dorado. Los objetos que nos quedan de los momentos felices guardan con mucha más fidelidad que las personas que nos hicieron vivir esa dicha de placer en su recuerdo, sus colores, sus impresiones táctiles y visuales.»

Creemos que lo mejor para sumergirse en el delirio que es este Museo de la Inocencia es llegar a él con los menos datos posibles. Invitamos al lector a dejarse sorprender y emocionar. Incluso a indignarse y enfurecerse. ¿Cuántas historias consiguen algo así?

Este libro se ama o se odia. Pone a prueba a lector y le va a hacer tener que tomar partido. El Museo de la Inocencia, que existe realmente en Estambul, cuenta la creación y razón de ser de este espacio. Cosas importantes que tener en cuenta:

  1. La mayoría de los objetos que contiene son sustraídos
  2. Se sustrajeron en nombre del amor
  3. Lo llaman amor cuando igual es locura

Kemal ama a Füsun. Kemal es un joven turco adinerado. Füsun es una pariente lejana suya, no adinerada y mucho más joven que él. Repetimos. Kemal adora a Füsum. De la que conocemos cada matiz de sus ojos, brazos, piernas, pies, boca, dientes, lengua, pechos, pezones, vientre, cabellos… Y de la que casi sólo sabremos que se presentó a un concurso de belleza, que dibuja pájaros en libertad, que querrá ser actriz y sacarse (sin sobornos) el carnet de conducir. No hay que ser muy observador para entender que ella lo que realmente quiere es ser libre. Y estamos a finales de los 70 y principios de los 80 en Estambul. Y Füsun estará sometida a su familia, a su marido y a su adorador.

El Museo de la Inocencia se desarrolla en tres partes y un epílogo. La historia la cuenta Kemal y el lector deberá decidir cuánto se cree de lo que él le cuenta. Y cuánto compadece (o no) a este hombre obsesionado por una mujer. Él será capaz de hacer varias cosas por amor. No todas, y quizá no las más importantes. La grandeza de este libro está en la asombrosa capacidad de Pamuk (que por algo es premio Nobel) de enredarnos en este monólogo alucinado. Porque la quietud es clave en esta novela. La interpretación de gestos y silencios, el construir tu vida en torno al asedio de la amada. Y a beber Raki como si no hubiera un mañana. Conoceremos a las familias de los dos protagonistas, asistiremos a los momentos más importantes de sus vidas y acabaremos conociéndoles como si formaran parte de la nuestra.

Y como «un museo es un donde el espacio se convierte en tiempo», para soportar el no poseer al objeto de su locura, Kemal empezará a robar cuanto objeto haya tocado Füsun o cualquier cosa que de la manera más tangencial le recuerde a ella. Con todo esto alcanza cierto consuelo y con ellos acabará abriendo el museo de su vida. La historia de estos objetos es también una historia de esa Turquía de finales del siglo pasado que empieza a ser libre, pero. Y todo lo que hay delante de un «pero» ya sabemos que es mentira.

Variaciones enigma, André Aciman: el vino de la vida

Variaciones Enigma es la nueva novela de André Aciman antes de la esperada segunda parte de Llámame por tu nombre (que se publicará este otoño bajo el nombre de Find me).
Nos reencontramos con el Aciman que conocimos en Llámame… El mismo escritor del erotismo y los recuerdos; de la inseguridad y la duda. Y, sobre todas las cosas, de la agonía del deseo. Si eres de los que piensan que en cierto modo ha acabado todo cuando los domingos empiezas a hacer la colada con tu pareja, esta es tu historia. Y es que Aciman reconoce no saber qué es el amor.
Pero del deseo… Ay, del deseo sí que sabe.
«Amamos una sola vez en la vida, me había dicho mi padre, a veces demasiado pronto, otras demasiado tarde; las demás siempre son un poco precipitadas». Vale. Amar, amaremos una sola vez en la vida. Pero desear… No sabemos cuántas nos tiene reservado el destino. Y no aprenderemos nada de una a otra. Cuando nos enamoramos, siempre es por primera vez.
Estas variaciones del deseo que siente Paolo/Paul a lo largo de la historia arrancan con el regreso del narrador a Italia, al pueblo de pescadores en el que pasaba los veranos de su infancia. Allí busca al ebanista local, del que se enamoró desesperadamente con 12 años. Tras este arranque acompañamos a Paul cuando cree descubrir a su mujer siéndole infiel. Pero en realidad es él el que se ha enamorado de un joven con el que comparte pista de tenis. En los libros de Aciman la acción es lo de menos. Lo que importa no es tanto lo que le pasa a los personajes como sus sentimientos en torno ello y, sobre todo, lo que sean capaces de reflexionar sobre los mismos. Cuántas veces el deseo es el acto más pasivo del mundo, consistente casi solo en mirar, imaginar y completar la historia con los escasos datos de que dispones en un ejercicio de interpretación de los silencios y los gestos del otro. Y aun así, pocas actividades más extenuantes, devastadoras y con capacidad de arrastrarnos a la locura.
Paul a lo largo de estas variaciones se enamorará de hombres y mujeres; de gente mucho mayor y mucho más joven que él, de seres a los que idealiza y de otros que le idealizarán a él y la belleza de esta narración estriba en que en ninguna de esas experiencias hay sordidez ni humillación ni violencia. Solo un eterno fluir que, como uno de los personajes cuenta, nos hace preguntarnos si realmente hemos conocido «el vino de la vida». Si la respuesta es negativa no has vivido. Esa es la tesis. Aunque uno de los personajes afirme que se puede amar sin haber estado enamorado, si no te has consumido al menos una vez en una pasión como las que nos cuenta Aciman, habrás pasado de puntillas por la vida.

Milkman: El Booker Prize nos lleva a un mundo sin nombres propios

Cosas que esperamos impacientes cada año: el Man Booker Prize. Porque puede gustarte más o menos, pero desde luego no va a dejarte indiferente y lo que es aún mejor, te va a poner a prueba. Si el año pasado nos arrodillamos ante Lincoln en el Bardo, de George Saunders, ahora nos toca hacer lo mismo ante Milkman, de Anna Burns.
Nos situamos. Algún punto indeterminado en la Irlanda del Norte en los años 70.
¿Quién nos cuenta la historia? «La hermana del medio». También conocida como «la que camina». Nuestra protagonista corre, muchas veces con «el tercer cuñado». Y lee. Mientras camina. Literatura del siglo XIX. Porque en ese tiempo, para acusar a alguien hacían falta pruebas. Un día, «Milkman», uno de los «renegantes», se va a obsesionar con ella. No hará falta casi ni que se encuentren ni que intercambien apenas unas frases. Los ojos que todo lo ven han visto lo que han entendido y han dictado sentencia. ¿Un poco confuso? En absoluto. Esta es una historia de acoso. El que sufre nuestra protagonista en un mundo sin nombres propios, en el que se habla con eufemismos, en el que todo es otra cosa. Por eso está Milkman, renegante (miembro del Ira) y «el lechero de verdad» (conocido como «el que no quiere a nadie». La de este segundo lechero es una historia tan hermosa que duele). Vamos a conocer a «las mujeres de los asuntos», un grupo de señoras que se reúnen para hablar de temas exclusivamente femeninos y que se van a ayudar entre ellas pese a que eso las ponga en el punto de mira. Porque han decidido no ser discretas.
Nuestra protagonista no ha decidido nada. Simplemente, ha creído que podía correr y leer por la calle y seguir siendo invisible. El horror está en salirse de la norma en un mundo que habla de «dolencias políticas» cuando lo que en realidad sucede es que te han disparado. Un microcosmos que enloquece de terror ante un «asesinato de verdad», cuando el goteo de asesinatos es constante. Pero estos son políticos. Y se asumen. Es parte de la norma. Cosas de «el país de la otra orilla». Nuestra protagonista tiene, además, un «medio novio», y una «amiga de toda la vida» (esta historia, ay, esta historia), y su vida dará el vuelco definitivo cuando «la chica de las pastillas», intente envenenarla… Pasearemos por «el sitio de siempre». Conoceremos a una profesora que claro, no se ha criado ahí y les hace ver que el cielo no es solo blanco, negro o azul. Incluso que en sus calle hay árboles. Nada de eso ve ni nuestra hermana del medio ni nadie. No hay belleza en este mundo en el que toda tu vida está escrita nada más venir al mundo y en el que por una cuestión de lógica aplastante se entiende mucho más casarte con alguien por quien no sientes nada que hacerlo con el amor de tu vida.
Qué talento narrativo tan enorme despliega Burns. Como una gota malaya, la repetición, la grisura, la vigilancia constante aplastan también al lector con su peso. Y acabas entendiendo el ruego de querer ser simplemente una persona más en la multitud. No destacar, ser invisible por puro instinto de supervivencia. Pero a la vez, qué clase de existencia es esa.

Y con esto, todo ha sido escrito. Voces de Chernobil

¿Conoces (o puedes imaginar) la sensación de romperte un hueso por siete sitios, sufrir un dolor atroz, notar como va soldando pero volver a darte una punzada horrorosa cuando va a llover? Pues eso pasa con Voces de Chernóbil. No crees que puedas soportar su lectura. Pasas las páginas y ves cómo tu corazón va quedándose atrás, roto a pedazos. En el trayecto, además, pierdes la fe en el género humano. En las personas, no. Pero en la humanidad, desde luego. Terminas el libro. No puedes coger otro. Qué se puede leer después de eso. Y poco a poco vas volviendo a ti. Crees que te has curado. Dejas de pensar en el dolor y la muerte y la falta de sentido de todo. Pero de repente, por ejemplo, emiten cierta serie de televisión y se te revuelven las entrañas.
«Gustar» no es la palabra para Chernóbil. No «gusta» la serie por dibujarnos una sonrisa. La amamos porque es brillante, implacable, nos remueve, nos apunta con el dedo y nos acerca al abismo. El espectador ha visto lo mejor y lo peor del ser humano. Después de esto va a saber cómo un sistema que se hunde gestiona una catástrofe que podía haber acabado con media Europa. Si hace falta convertirse en una trituradora humana, adelante. Y a negar la mayor. Eso pasó allí, en ese momento, de esa manera. Puede volver a pasar. A cualquiera, que centrales nucleares no faltan. Cómo lo va a gestionar el siguiente… Esperamos poder ver la serie. Pero en el trayecto hemos conocido héroes. Gente capaz de sacrificarse «porque hay que hacerlo». Ya está. No hay que dar más explicaciones. Hay que hacerlo. Y no otro. Yo. Madre mía. Cómo amamos a las personas. Una a una. Cada historia, cada paso al frente. Una estatura en cada calle de Europa a los liquidadores, por favor.
La serie de la HBO tenía la autorización de Svetlana Alexievich para usar entre 6 y 8 historias de su Voces de Chernóbil. Incomprensiblemente, la autora, periodista y premio Nobel de Literatura en 2015, no aparece en los títulos de crédito. Que nos lo expliquen.
Alexievich entrevistó durante diez años a más de quinientos supervivientes del accidente nuclear y aquí están sus voces. Las de los bomberos, mineros, liquidadores, físicos, psicólogos, médicos, residentes de la zona, familiares de los fallecidos… Todos tenían su historia que contar. Nadie quería escucharla. Más bien todos querían silenciarla. Pero Alexievich vino al mundo para escuchar a la gente y dar voz a los que se la quitan. La periodista no trata de explicar el funcionamiento de una central nuclear. No. Este libro no va de ver por qué explotó. Va a contarnos el mundo después del accidente. Como la misma autora ha afirmado, libros sobre los desastres de la guerra hay muchos. La gente ya sabe qué va a leer cuando se acerca a un libro así. Pero nunca había ocurrido nada como Chernóbil. Se enfrentó a escribir algo por primera vez. Y no sabemos si habla más de la muerte o del amor.
Llevamos años recomendando Voces de Chernóbil porque pensamos que es un texto fundamental para entender el alma humana puesta al límite. Un libro que nos hace ver que no somos nada, que nos pueden usar, desechar, matar y olvidar. Y que también tenemos mucha más capacidad de aguante de la que creemos. Y que lo que nos hace humanos es la capacidad de amar. Más allá de toda lógica. Gracias a la serie, Voces de Chernóbil vuelve a estar de plena actualidad. Por favor, armaos de valor y leedlo. Se lo debemos a todos ellos.

Por Rita Sánchez

La eterna lucha entre la ignorancia y el miedo frente a la responsabilidad personal: La Peste

“Muchos esperaban, además, que la epidemia fuera a detenerse y que quedasen ellos a salvo con toda su familia. En consecuencia, todavía no se sentían obligados a nada. La peste no era para ellos más que un visitante desagradable, que tenía que irse algún día puesto que algún día había llegado. Asustados, pero no desesperados, todavía no había llegado el momento en que la peste se les apareciese como la forma misma de su vida y que olvidasen la existencia que hasta su llegada habían llevado.” Albert Camus escribió en 1947 un «libro-advertencia». Parece decirnos: «Mira lo que está pasando. Yo te lo voy a contar casi como una parábola, despacito y de forma sencilla. Te voy a hablar de la peste, pero tú, lector, vas a hacer este texto tuyo y tenerlo muy a mano. Porque pestes va a haber muchas. La que provoca el bacilo es solo una de ellas».
Camús utiliza la enfermedad y la muerte en una ciudad en cuarentena para hablar de lo mejor y peor del ser humano cuando este se enfrenta a su posible extinción. Cada lector acaba acercarcándose al texto bajo sus propios parámatros. Conociendo al autor, asumimos que la peste de la que nos habla es la que asoló Europa bajo la forma del nazismo. Cuando surge la epidemia, los ciudadanos inicialmente le restan importancia, algunos incluso buscarán la forma de beneficiarse con ella. Igual que con una epidemia, las ideas más peligrosas van inoculándose poco a poco, se aceptan por comodidad, porque no creemos que nos vaya a tocar a nosotros, y llegamos a sacrificar nuestra libertad, nuestras ideas, por falta de acción, por indiferencia, por miedo. Porque nos dicen que si hacemos las cosas bien no tenemos nada que temer. Pero ¿quién determina lo que es “el bien”? Sin lugar a dudas, ninguno de nosotros. Teniendo todo esto claro, solo nos queda la respuesta individual. Cada uno de nosotros es responsable de su propia actuación. Aquí entra la responsabilidad personal. Y llegado el caso, incluso el heroísmo. ¿Nos suena el tema? ¿Sigue siendo de rabiosa actualidad? ¿Sigue existiendo el negacionismo? ¿Nos siguen vendiendo miedo? ¿Con cuántos temas? ¿Pensamos siempre que la culpa es del otro, que no podemos hacer nada? ¿Es el cambio climático una nueva peste?
Camus, en un final para tatuárselo en el pecho, nos advierte que el bacilo de la peste no muere jamás y que “puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombre, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”. Nadie sale inmune de una plaga.

Por Rita Sánchez

Lo que más nos gusta (sin dudarlo) son estos monstruos

Hay historias que no se pueden clasificar fácilmente, por lo que suelen ser rechazadas por las editoriales al no saber en qué estante van a sugerirles a los libreros que las coloquen. A esta le dijeron «no» 48 hasta que Fantagraphics Books vio lo que tenía en sus manos. Y a partir de ahí, lluvia de premios (tres Eisner, un Ignatz Award, nominación a los Hugo…), crítica rendida, lectores devotos por todo el mundo. Hablamos de «Lo que más me gusta son los munstruos» (publicado en España por Reservoir Books), cómic escrito y dibujado por Emil Ferris, señora que hace rato pasó los 50, que a los 40 se vio infectada por el virus del Nilo y quedó paralizada de cintura para abajo, perdiendo también el uso de su mano derecha. Tuvo que aprender a dibujar otra vez. Y vaya si lo consiguió. ¿Es necesario conocer la biografía de su autora para disfrutar de esa obra? En absoluto. Pero algo tienen estos monstruos que hace que quieras saber más de su creadora. Te preguntas qué hay ahí detrás, porque esta historia es tan visceral, tan a corazón abierto, tan honesta, por qué tanta pasión, tanta fiebre, por qué está escrita a sangre.
¿Y de qué va, por qué es «inclasificable»? Vamos a intentar explicarlo. Nos cuenta la historia de Karen Reyes, una niña de 10 años que «se sabe» niña-lobo (y cuidado con el momento en que quiera ser niña-vampiro, ojo ahí, solo decimos eso, que el corazón se rompe en 20 trozos y no hay forma de pegarlos), que vive (con su madre y su hermano) en un barrio pobre de su Chicago natal a finales de los años 60, que adora la literatura pulp, dibujar y los monstruos, que se convertirá en detective para investigar la muerte de su hermosa e inasible vecina que vivió en la Alemania nazi… Y nuestra niña se va a enamorar por primera vez. Y quizá no va a ser fácil asumirlo. Y en su familia hay secretos… Aderezamos estos ingredientes con el amor al arte en cualquiera de sus formas (porque encierran historias) y a los mitos (porque nos explican el mundo) y con ellos intentaremos sobrevivir. Si en el fondo esta historia va de aprender a sobrevivir… Y un poquito más. Todo esto en unas 400 páginas, calculamos, porque NO están numeradas. Con un dibujo que pasa, de una viñeta a otra, del boceto apenas marcado a la perfección absoluta en el detalle utilizando un boli de cuatro colores sobre papel rayado. Ahí queda eso.
Lo mejor es que este es solo el primer volumen.

Por Rita Sánchez

De madres e hijas: Vivian Gornick y el amor feroz.

Este es uno de esos libros que pasan de mano en mano, que se recomiendan y se regalan como si de medicina se tratase. Porque quién no tiene (o ha tenido) a alguien al que ama por encima de todas las cosas pero con el que no hay entendimiento posible. Y cuánto dolor lleva esa situación.
Vivian Gornick se une a la tradición de libros sobre relaciones entre madres e hijas y deja el pabellón en lo más alto. «Apegos feroces» es justamento eso: vínculos de los que no puedes desprenderte porque están adheridos a ti hasta tal punto que tú no existes sin ellos. En esta «novela del yo» o «libro de memorias», Gornick pasea junto a su madre anciana por un Nueva York que acaba siendo un protagonista más. Y durante esos paseos conocemos la historia de varias vidas. La de la madre y la de la hija. La del padre, objeto de un amor sin límite por parte de la madre. Y la de vecinos, amigos, amantes… que pasan por sus vidas. Y que se van. Esos son solo apegos, pero no feroces. La fiera auténtica es la relación entre madre e hija, condenadas a juzgarse sin piedad y no se entenderse. Y se odian. Tanto, tanto que en realidad se aman… ferozmente. Un sentimiento destructivo e indispendable. Droga pura. Son dos modelos de mujer antagónicos. Criadas en circunstancias distintas, que van a entender la vida y las relaciones de formas irreconciliables. El lector, sin embargo, va a acabar conociendo tan profundamente a ambas que no va a tener már remedio que compadecerlas al ver que nada desean más que el amor de la otra.
Si da la impresión de que este libro es triste, deprimente, oscuro… Nada más lejos de la realidad. Porque aquí hay pasión y ganas de vivir, de ser feliz, de que la vida tenga significado. De no pasar de puntillas por nuestra existencia. Que ese ansia de vida lleva parejo el dolor, pues claro. Pero la alternativa es no sentir. Y nuestras mujeres eso no se lo plantean.

Por Rita Sánchez