Giznburg y Chéjov para la vida

Quizá, el mejor escritor de cuentos de la historia sea Chéjov. El arte no es matemática y es algo entre muy difícil y absurdo el establecer el pódium. Pero si de influencia hablamos, la suya fue y sigue siendo enorme. Ejemplo. Raymond Carver no sería quien es si no le hubiera leído, y no solo porque le dedicara sus famosas Tres rosas amarillas. Chéjov es el paraíso donde quedarse si se está interesado en leer sobre el alma humana, sus grandezas y miserias. Natalia Ginzburg lo sabe y como su pulsión creadora orbitaba por ahí, le estudió del derecho y del revés y condensó todo ese saber en un librito de apenas 80 páginas que no solo es fundamental para cualquier persona interesada en la figura de Chejov. Es, además, una guía de estilo perfecta para cualquiera que quiera aprender a escribir. ¿A escribir cuentos? ¿A escribir biografías? ¿A escribir reseñas? No. Mucho mejor. A escribir a secas. Qué nos enseña Ginzburg: a leerlo todo, a no hablar sin saber y contar lo que sabes como tú lo sabes. Es decir, a buscar tu estilo. Página 16: «Chéjov ya tenía una forma extraordinaria de introducirse en una historia, una forma brusca y ligera, fulminante e imperiosa, como si de pronto alguien abriera de par en par una puerta o una ventana para ofrecer al lector los rasgos de una figura humana o de un grupo de figuras humanas, permitirle oír el sonido de sus voces, intuir sus estados de ánimo, el servilismo o la afectación, la paciencia o la prepotencia, y a continuación, cerrara esa puerta o esa ventana ante el lector absorto, divertido y estupefacto» . Cualquiera que haya leído a Chéjov sabe que esto es exactamente así y podría pasarse toda la vida intentándolo que no podría definirlo mejor. Ginzburg nos va trazando la biografía de Chéjov, intercalándola con la obra en curso y el lector entiende de dónde viene todo. Era un observador agudísimo que aprovechaba todo, escribía cuando su mente estaba fría como un témpano para así conseguir no meterse a sí mismo en la historia y, sobre todas las cosas, mandamiento número uno, no juzgar nunca, nunca, nunca jamás a ninguno de sus personajes. «El escritor tiene que tener los ojos secos aunque el lector llore» y «el juez es el lector». Maravilla. Imposible también haber leído Tres rosas amarillas y llegar a las páginas finales de este Chéjov sin sentir que te atraviesa un rayo de punta a punta que te lleva de la pena a la gratitud pasando por un sentimiento muy extraño, algo como un «rayo verde»: el delirio (real) de haber compartido espacio tiempo con tres de las plumas más brillantes que vas a leer en tu vida. Y por qué leemos si no es por momentos de locura como ese.

Chéjov habría estado muy orgulloso de esta alumna suya.

Por Rita Sánchez (del lado de las resoplantes)

Sara Mesa y la pobreza en el laberinto burocrático

Esta es la historia real de una mujer sin hogar, discapacitada y enferma que trata de solicitar la renta mínima a la que tiene derecho según la administración y los medios. Pero el laberinto burocrático que debe recorrer, los escollos y trabas con que tropieza desembocan en la desesperación. Mientras tanto, los ciudadanos se quedan con la impresión contraria: hay montones de prestaciones y ayudas para los más pobres. «Privilegiados.» «Caraduras.» «Vagos.» Los prejuicios se acumulan. Este es uno de los comienzos de la aporofobia: el odio al pobre.