Milkman: El Booker Prize nos lleva a un mundo sin nombres propios

Cosas que esperamos impacientes cada año: el Man Booker Prize. Porque puede gustarte más o menos, pero desde luego no va a dejarte indiferente y lo que es aún mejor, te va a poner a prueba. Si el año pasado nos arrodillamos ante Lincoln en el Bardo, de George Saunders, ahora nos toca hacer lo mismo ante Milkman, de Anna Burns.
Nos situamos. Algún punto indeterminado en la Irlanda del Norte en los años 70.
¿Quién nos cuenta la historia? «La hermana del medio». También conocida como «la que camina». Nuestra protagonista corre, muchas veces con «el tercer cuñado». Y lee. Mientras camina. Literatura del siglo XIX. Porque en ese tiempo, para acusar a alguien hacían falta pruebas. Un día, «Milkman», uno de los «renegantes», se va a obsesionar con ella. No hará falta casi ni que se encuentren ni que intercambien apenas unas frases. Los ojos que todo lo ven han visto lo que han entendido y han dictado sentencia. ¿Un poco confuso? En absoluto. Esta es una historia de acoso. El que sufre nuestra protagonista en un mundo sin nombres propios, en el que se habla con eufemismos, en el que todo es otra cosa. Por eso está Milkman, renegante (miembro del Ira) y «el lechero de verdad» (conocido como «el que no quiere a nadie». La de este segundo lechero es una historia tan hermosa que duele). Vamos a conocer a «las mujeres de los asuntos», un grupo de señoras que se reúnen para hablar de temas exclusivamente femeninos y que se van a ayudar entre ellas pese a que eso las ponga en el punto de mira. Porque han decidido no ser discretas.
Nuestra protagonista no ha decidido nada. Simplemente, ha creído que podía correr y leer por la calle y seguir siendo invisible. El horror está en salirse de la norma en un mundo que habla de «dolencias políticas» cuando lo que en realidad sucede es que te han disparado. Un microcosmos que enloquece de terror ante un «asesinato de verdad», cuando el goteo de asesinatos es constante. Pero estos son políticos. Y se asumen. Es parte de la norma. Cosas de «el país de la otra orilla». Nuestra protagonista tiene, además, un «medio novio», y una «amiga de toda la vida» (esta historia, ay, esta historia), y su vida dará el vuelco definitivo cuando «la chica de las pastillas», intente envenenarla… Pasearemos por «el sitio de siempre». Conoceremos a una profesora que claro, no se ha criado ahí y les hace ver que el cielo no es solo blanco, negro o azul. Incluso que en sus calle hay árboles. Nada de eso ve ni nuestra hermana del medio ni nadie. No hay belleza en este mundo en el que toda tu vida está escrita nada más venir al mundo y en el que por una cuestión de lógica aplastante se entiende mucho más casarte con alguien por quien no sientes nada que hacerlo con el amor de tu vida.
Qué talento narrativo tan enorme despliega Burns. Como una gota malaya, la repetición, la grisura, la vigilancia constante aplastan también al lector con su peso. Y acabas entendiendo el ruego de querer ser simplemente una persona más en la multitud. No destacar, ser invisible por puro instinto de supervivencia. Pero a la vez, qué clase de existencia es esa.

La eterna lucha entre la ignorancia y el miedo frente a la responsabilidad personal: La Peste

“Muchos esperaban, además, que la epidemia fuera a detenerse y que quedasen ellos a salvo con toda su familia. En consecuencia, todavía no se sentían obligados a nada. La peste no era para ellos más que un visitante desagradable, que tenía que irse algún día puesto que algún día había llegado. Asustados, pero no desesperados, todavía no había llegado el momento en que la peste se les apareciese como la forma misma de su vida y que olvidasen la existencia que hasta su llegada habían llevado.” Albert Camus escribió en 1947 un «libro-advertencia». Parece decirnos: «Mira lo que está pasando. Yo te lo voy a contar casi como una parábola, despacito y de forma sencilla. Te voy a hablar de la peste, pero tú, lector, vas a hacer este texto tuyo y tenerlo muy a mano. Porque pestes va a haber muchas. La que provoca el bacilo es solo una de ellas».
Camús utiliza la enfermedad y la muerte en una ciudad en cuarentena para hablar de lo mejor y peor del ser humano cuando este se enfrenta a su posible extinción. Cada lector acaba acercarcándose al texto bajo sus propios parámatros. Conociendo al autor, asumimos que la peste de la que nos habla es la que asoló Europa bajo la forma del nazismo. Cuando surge la epidemia, los ciudadanos inicialmente le restan importancia, algunos incluso buscarán la forma de beneficiarse con ella. Igual que con una epidemia, las ideas más peligrosas van inoculándose poco a poco, se aceptan por comodidad, porque no creemos que nos vaya a tocar a nosotros, y llegamos a sacrificar nuestra libertad, nuestras ideas, por falta de acción, por indiferencia, por miedo. Porque nos dicen que si hacemos las cosas bien no tenemos nada que temer. Pero ¿quién determina lo que es “el bien”? Sin lugar a dudas, ninguno de nosotros. Teniendo todo esto claro, solo nos queda la respuesta individual. Cada uno de nosotros es responsable de su propia actuación. Aquí entra la responsabilidad personal. Y llegado el caso, incluso el heroísmo. ¿Nos suena el tema? ¿Sigue siendo de rabiosa actualidad? ¿Sigue existiendo el negacionismo? ¿Nos siguen vendiendo miedo? ¿Con cuántos temas? ¿Pensamos siempre que la culpa es del otro, que no podemos hacer nada? ¿Es el cambio climático una nueva peste?
Camus, en un final para tatuárselo en el pecho, nos advierte que el bacilo de la peste no muere jamás y que “puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombre, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”. Nadie sale inmune de una plaga.

Por Rita Sánchez

De madres e hijas: Vivian Gornick y el amor feroz.

Este es uno de esos libros que pasan de mano en mano, que se recomiendan y se regalan como si de medicina se tratase. Porque quién no tiene (o ha tenido) a alguien al que ama por encima de todas las cosas pero con el que no hay entendimiento posible. Y cuánto dolor lleva esa situación.
Vivian Gornick se une a la tradición de libros sobre relaciones entre madres e hijas y deja el pabellón en lo más alto. «Apegos feroces» es justamento eso: vínculos de los que no puedes desprenderte porque están adheridos a ti hasta tal punto que tú no existes sin ellos. En esta «novela del yo» o «libro de memorias», Gornick pasea junto a su madre anciana por un Nueva York que acaba siendo un protagonista más. Y durante esos paseos conocemos la historia de varias vidas. La de la madre y la de la hija. La del padre, objeto de un amor sin límite por parte de la madre. Y la de vecinos, amigos, amantes… que pasan por sus vidas. Y que se van. Esos son solo apegos, pero no feroces. La fiera auténtica es la relación entre madre e hija, condenadas a juzgarse sin piedad y no se entenderse. Y se odian. Tanto, tanto que en realidad se aman… ferozmente. Un sentimiento destructivo e indispendable. Droga pura. Son dos modelos de mujer antagónicos. Criadas en circunstancias distintas, que van a entender la vida y las relaciones de formas irreconciliables. El lector, sin embargo, va a acabar conociendo tan profundamente a ambas que no va a tener már remedio que compadecerlas al ver que nada desean más que el amor de la otra.
Si da la impresión de que este libro es triste, deprimente, oscuro… Nada más lejos de la realidad. Porque aquí hay pasión y ganas de vivir, de ser feliz, de que la vida tenga significado. De no pasar de puntillas por nuestra existencia. Que ese ansia de vida lleva parejo el dolor, pues claro. Pero la alternativa es no sentir. Y nuestras mujeres eso no se lo plantean.

Por Rita Sánchez

La pasión según Clarice Lispector

Clarice Lispector y su particular pasión, muerte y resurrección: La pasión según G.H.

La protagonista de esta nouvelle, de la que jamás sabremos su nombre, encontrará un día, en la habitación de su asistenta en su acomodada casa, una cucaracha. A partir de este encuentro, que provoca en la protagonista un grado de asco y horror sin límite que hará llegar directamente al lector, G.H. reflexionará sobre su vida, con el temerario propósito de llegar a diseccionar su yo más profundo. Todo cuanto ama, teme, odia… Todo lo que la hace ser quien es pasará por ese escrutinio implacable, que encadena sentimientos y emociones en una espiral desoladora. Pero si todo es mentira, si los recueros son falsos, si la palabra miente, ¿a dónde agarrarse?¿Qué es lo real? ¿Tan solo lo divino? Hay que ir armado hasta los dientes para enfrentarse a esta historia de apenas 150 páginas. Es una purga en la que el lector, aunque tarde en entrar, acaba llegando a lugares muy próximos a los de G.H. Lispector nos reta a mirar tan dentro de nosotros mismos como podamos, sin piedad. Luego hay que salir de ahí. Y seremos otros.