Los asquerosos

Pocos libros tienen una recepción tan entusiasta como Los Asquerosos, la última obra de Santiago Lorenzo. El calificativo de «novela del año» que saluda desde el cintillo de la portada actúa como incentivo tanto para los lectores casuales (si voy a leer un único libro, que sea el mejor) como para aquellos que, habituales de la lectura, quieren comprobar a qué se debe el revuelo crítico y popular armado alrededor del texto. Así que, al menos, el primer objetivo está asegurado: Los Asquerosos está siendo desde su aparición un éxito de ventas rotundo.
Se ha dicho de esta novela que es una actualización de Robinson Crusoe, que contiene una crítica política acerada, que es el mejor retrato de la estupidez de los tiempos modernos o que reivindica como pocas veces se ha hecho la dignidad de la España vaciada. Y todo eso es un poco verdad. La historia de Manuel (el protagonista a quien pone voz su tío), ese joven que se ve obligado a huir a un pueblo deshabitado tras apuñalar a un policía, está preñada de un sarcasmo tan salvaje como repetitivo. Lorenzo demuestra que es un creador de lenguaje y un retratista de trazo grueso: acierta en el análisis y en su descripción, pero tal vez se excede con los brochazos. Por eso, aunque la novela tenga notables golpes de humor, sea original en su planteo inicial y giros argumentales, y no esté exenta de momentos brillantes. termina agotando.
El viaje que propone Lorenzo hacia la misantropía absoluta puede hacerse denso; su inventiva en la adjetivación (y sustantivación) es en ocasiones desternillante por la precisión de los términos acuñados pero se antoja insuficiente para hacer de Los Asquerosos esa obra cumbre de la que se habla. Es, por supuesto, una buena novela. Ingeniosa, divertida, extenuante, rotunda. Pero no grande ni el clásico que algunos quieren ver en ella…

Por Jose Alvarez